Tributo a Rozman. Capítulo 1. Llegada a Barcelona; nace una vocación

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Que España disfrute de unos de los profesionales de las Ciencias de Salud más reputados del mundo es “fruto de la casualidad”. Así lo explicaba el propio Ciril Rozman Borstnar ( Liubliana, Eslovenia, 19 de junio de 1929) en una entrevista. El azar le trajo a este país, concretamente a Barcelona. Corría el mes de mayo de 1948, fecha que fija el punto de partida de este primer capítulo del ‘Tributo a Rozman’ firmado por Elsevier.

Huida de la cuna natal

Los primeros compases en la vida de Ciril Rozman no fueron nada sencillos. Nacido en Eslovenia en junio de 1929, sin haber cumplido 16 años se vio obligado a abandonar su cuna natal y emprender un viaje que imaginó “para unas semanas” y se tradujo en una travesía de 50 años.

Acabada la Segunda Guerra Mundial (1945) la antigua Yugoslavia vivía dos guerras. La ascendencia de la URSS la convirtió en el banco de pruebas del programa de la revolución estalinista de los años 30. La tradición católica de la familia Rozman colocaba una diana en su espalda frente al dominio ruso. El instinto de supervivencia llevó a los progenitores de Ciril a abandonar su país. De aquella época el Profesor solo disfruta de recuerdos difusos, como “el tiempo compartido con sus hermanos o el ocio sin descanso alrededor del lago Bled.”

Vivir en un campo de refugiados

Una vez fuera de Eslovenia, a Rozman le tocó vivir una de esas experiencias que te marcan para toda la vida. Como refugiado, acabó confinado en campos de Austria e Italia. Afortunadamente estos campos nada tenían que ver con los repartidos por Alemania o Polonia y que en ese mismo momento se habían hecho mundialmente famosos. Allí el joven Rozman pudo seguir con sus estudios, hacía deporte, teatro, leía,… “nunca tuve la sensación de infelicidad”, asegura el propio Profesor.

Llegada a Barcelona; nace una vocación

Tres años duró aquel episodio en el campo de refugiados. Transcurrido este tiempo, la familia Rozman se puso de nuevo en marcha. Su siguiente parada estaba fijada para mayo de 1948, y el destino final era Barcelona. A aquella Ciudad Condal de posguerra llegaba un joven y apasionado joven que no sabía “nada de español ni de catalán” y que no tenía muy claro si aquel lugar sería su residencia por mucho tiempo.

Rozman es un hombre que siempre hace honor a sus frases: “El médico debe elegir esta carrera por vocación”, reza una de sus máximas. Pues bien, él lo tenía meridianamente claro ¡a los 13 años!: “Ya pensaba estudiar Medicina por su dimensión altruista”. A pesar de sus inicios musicales, tocaba el violín y la bandurria, ya paseando por las calles de Barcelona se dio cuenta de qué estudios determinarían su vida profesional. Además de por el altruismo, de la Medicina le sedujo su pragmatismo y que le permitiera ejercer allá donde fuere. En septiembre de 1948 inició la carrera de Medicina. Aquí arrancaba uno de los curriculums más completos y brillantes de la Medicina Interna mundial; alimento de los próximos capítulos de este ‘tributo’.

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