Pero bueno, ¿qué es la felicidad? Claves para disfrutar de ella -casi- siempre

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La felicidad es importante en nuestras vidas; al menos para esta porción de planeta que denominamos Mundo Occidental. ¿Quién de nuestro entorno no se halla en un constante viaje para alcanzarla? Si nos acercamos a cualquiera que tengamos a mano, familiar o desconocido, y le preguntamos sobre cuál es el sentido de la vida, una respuesta que muy probablemente obtendremos será «ser feliz, vivir lo mejor posible».

Así pues, la mayoría de nosotros tenemos más que presente la felicidad: entregamos nuestra vida a ella. Pero, ¿te has parado en algún momento a pensar qué es exactamente la felicidad? Si le hacemos esta pregunta a la misma persona que antes nos dijo que la felicidad era su meta, seguramente le cueste un poco más responderla. De este hecho brota el título del artículo: tratamos con ella a diario pero la felicidad es una gran desconocida.

Qué es la felicidad

La felicidad parece una invención de la vida moderna. ¿Se preguntaban nuestros ancestros prehistóricos si eran felices? ¿Se lo preguntaba un campesino durante los oscuros años de la Edad Media? Aunque estas interesantes cuestiones escapan al objetivo de estas líneas, lo cierto es que la meditación sobre la felicidad no es patrimonio exclusivo de nuestro tiempo (su explotación comercial sí, desde luego).

En la antigua Grecia nació una discusión que aún dura en nuestros días: el enfoque hedónico y eudamónico acerca de la felicidad. En una esquina del ring, con calzón rojo, tenemos a Arístipo de Cirene; en la otra esquina, con calzón azul, tenemos al peso pesado: Aristóteles de Estagira. El primero, con limpios derechazos originó toda una corriente de pensamiento sobre que el placer prudente y la evitación del dolor es la vía hacia la felicidad humana; el segundo, con un grácil juego de piernas y cadera se zafó y estableció que la felicidad «sólo consiste en vivir bien, y vivir bien es vivir practicando la virtud». En otras palabras: que la felicidad sólo se obtiene si vivimos de forma congruente con nuestros valores y capacidades. Alcanzamos la felicidad cuando realizamos las actividades que más nos llenan y cuando las realizamos con maestría.

Estos antiguos pensadores fundaron lo que entendemos como dos caminos para alcanzar ese estado deseable. Con ello dejaron bien claro que en su opinión la felicidad no es algo con lo que se nace sino algo que logramos realizando cosas (ya sean actividades placenteras, como comer bien o disfrutar de una animada charla, o actividades virtuosas), pero no dejaron mucha huella sobre qué es y cómo es el estado de estar feliz. Su concepción tenía algo que ver con el concepto del alma, pero este término ya no resulta muy acertado. Vivimos en un mundo que ha cambiado el alma por el cerebro. Algunos ven esto como un triunfo del pensamiento lógico y científico; otros como algo aberrante.

Debido a que la felicidad es un campo de estudio en donde la perspectiva científica parece cosa de la Psicología, es de recibo ver qué dice al respecto el diccionario de la Academia Americana, algo así como el estándar de términos con que podemos entendernos dentro de estos terrenos tan abstractos. Este diccionario dedica tan sólo una línea a definir la felicidad, el estado, eso que se alcanza realizando cosas: la felicidad es «una emoción de alegría, regocijo, satisfacción y bienestar».

No nos soluciona mucho la tarea puesto que para definir un concepto abstracto como la felicidad utiliza otros no menos abstractos como «satisfacción» o «bienestar», pero pone sobre la mesa uno de especial interés: emoción. La neurociencia de la emoción es un campo tan amplio como interesante y cada vez sabemos más acerca de cómo nuestro cerebro genera emociones.¿Sabemos algo acerca de cómo brota esa emoción llamada felicidad?

La felicidad en el cerebro

Una de las metodologías clásicas que sigue la neurociencia afectiva es la de meter en escáneres de resonancia magnética funcional y PETs a individuos que siguen ciertas condiciones para ver qué es lo que pasa en el cerebro, cuáles son los correlatos de actividad cerebral en esas condiciones. La tentación de introducir individuos felices en escáneres de este tipo era demasiado grande, así que podéis imaginar que la cuantía de estudios que se han realizado a este respecto es más o menos abultada. Pero el campo concreto de la neurociencia afectiva de la felicidad tiene sus cimientos sobre ese farragoso debate que acabamos de referir y que se remonta a la Grecia Clásica: para estudiar la felicidad, ¿qué metemos en el escáner? ¿A individuos que experimentan hedoniaeudaimonia?

Debido a que estos estudios se realizan en un laboratorio, precisan un máximo control de variables y necesitan condiciones que en ese preciso momento de escaneo generen lo que estamos buscando (en este caso, felicidad), la mayoría de estudios «tiran» de condiciones hedónicas para «despertar» la felicidad en los cerebros (por ejemplo, recordar hechos pasados felices o ver fragmentos de películas emocionalmente positivas). Estas condiciones diferentes implican métodos diferentes que hacen muy difícil discernir qué cambios en la actividad corresponden a la emoción y cuál a la tarea en sí.

Lo que tenemos hoy por hoy a este respecto es una auténtica «ensalada de datos» sobre activación de unas áreas u otras en unas condiciones u otras y muy poco orden, de la que podemos extraer sólo algunas conclusiones generales:

  • Que la felicidad no cuenta con una «circuitería» propia y exclusiva.
  • Que ningún área del cerebro responde exclusivamente en condiciones de felicidad.
  • Que el procesamiento de tristeza y felicidad se solapa en ciertas regiones.
  • Que la tristeza y felicidad no son el resultado de un mismo circuito respondiendo en dirección opuesta

¿La felicidad se hace o… se nace con ella?

Nuestros queridos Arístipo y Aristóteles, cada uno desde su perspectiva, nos sugirieron que la felicidad es un estado que se alcanza; por tanto, en el propio individuo recae la responsabilidad de ser feliz. Pero, repetimos, la felicidad es tan central en nuestras vidas que resulta difícil resistirse a la tentación de abordarla por cualquier vía. La genética no ha quedado ajena. Al fin y al cabo, la pregunta acerca de si hay individuos que nacen con una dotación genética especialmente favorable para alcanzar ese estado es harto interesante.

En 2015, Meike Bartels publicó en Behavior Genetics una interesante revisión sobre estudios sobre la heredabilidad del bienestar personal y la satisfacción realizados con gemelos monocigóticos, dicigóticos, del mismo y diferente sexo, criados aparte o por la misma familia. Su conclusión fue que el 36% de la varianza en medidas de bienestar personal se puede explicar por el componente genético, mientras que un 32% en las medidas de satisfacción.

Este estudio no se paró a «buscar» genes concretos vinculados con la felicidad, pero esto, que parece un despropósito más que un propósito, sí ha sido encarado por otros estudios. Un ejemplo es Biological pathways, candidate genes and molecular markers associated with quality-of-life domains: an update, en donde los autores desintegraron el concepto de Calidad de Vida en diversos subconstructos y tamizaron la información disponible sobre genes asociados a ellos. Entre todos los subconstructos revisados y sus respectivos genes, señalan a un conjunto como posibles candidatos a codificar al menos parte de nuestra capacidad para sentir tanto afecto positivo como negativo. Entre otros, se tratan de genes implicados en la codificación de neurotransmisores que quizás, por ser estudiante de medicina u otras ciencias de la salud, te suenen: MAO-A, SLC6A3, COMT o DAT.

¿Podemos decir que existe un genotipo feliz? La ciencia, por el momento, no sabe, no contesta.

¿Qué hace falta a nuestro alrededor para ser feliz?

Arístipo y Aristóteles basaron sus opiniones acerca de la vía hacia la felicidad en sus propias meditaciones y -esto es una suposición- en su experiencia directa. Pasearían por sendas ágoras observando a los griegos de antaño sumidos en sus vidas, examinarían sus ceños, sus gestos, conversarían con unos y otros y llegarían cada uno a sus propias conclusiones a partir de esos pequeños estudios de campo. Pero ¿qué habrían pensado si hubiesen tenido a su disposición estudios a gran escala sobre qué se necesita para alcanzar ese estado añorado? ¿Habrían descrito de manera diferente sus fórmulas de la felicidad?

Hoy en día sí disponemos de estos estudios a gran escala que nos permiten hacernos una idea sobre cuál es el terreno abonado para la experimentación de la felicidad, sobre cuál es el conjunto de condiciones sine qua non, estadísticamente, es difícil llegar a considerarse feliz. Uno de los más recientes es el de Ruut Veenhoven, una de las autoridades mundiales en lo que a estudios sobre la felicidad respecta, y se titula Social conditions for human happiness: A review of research. En él, el autor revisa a tres niveles (macromesomicro) cuáles son estas condiciones sine qua non.

En el nivel macro, el referente al estrato que supone el lugar de nacimiento (país, cultura, etc.), concluye que la felicidad va de la mano con la riqueza de la nación, el nivel de igualdadlibertadseguridad, el nivel de calidad de sus instituciones y su modernidad.

En el nivel meso, el que abarca a las organizaciones e instituciones a las que pertenece el individuo (por ejemplo, colegios, trabajos, etc.), Veenhoven sólo encuentra que se relaciona con la felicidad el nivel de autonomía que el individuo siente en ellas.

Por último, en el nivel micro, el cual describe al individuo y a su pequeña esfera de relaciones personales, el estudio señala que son de importancia, como quizás cabría esperar, el estatus socioeconómico, la participación social y, por supuesto, las relaciones íntimas con pareja, hijos, familia y amigos.

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