Niveles de aprendizaje y cambio, una herramienta de toma de conciencia. Parte I

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Con frecuencia nos damos cuenta que propósitos, cambios, hábitos nuevos, que sabemos son necesarios para que subjetiva y objetivamente nuestra vida sea “mejor”, sin saber porqué nunca llegan a materializarse, o si empezamos con ellos, al cabo de un tiempo los dejamos.

En nuestra relación con otros, ya sea en el contexto personal o profesional, ocurre lo mismo, por más que nos empeñamos en transmitir la necesidad de aplicar nuevas actitudes y acciones muchas veces no llegan a hacerlo.

Si trabajamos con, o en organizaciones o grupos humanos, a pesar de llegar a consensos verbalmente, cosa por otro lado nada fácil, estos luego no se llevan a la práctica.

Otras veces ocurre completamente lo contrario, “sentí que era mi momento” nos decimos, o nos asombramos con nuestra capacidad de influencia, cuando nos enteramos que tras una interacción con otra persona esta ha cambiado, o nos sentimos parte del cambio en una organización.

¿Qué ocurre en ambos casos?

En Coaching decimos que para poder trabajar con algo, tenemos que hacerlo consciente. Cantidad de emociones, pensamientos, acciones, que nos acompañan habitualmente de forma automática casi inconsciente, marcan nuestros resultados en gran medida. De ahí que un proceso de Coaching dedique una parte importante de su tiempo en hacer una buena toma de conciencia.

Hay una herramienta que a mí me parece poderosa, es una herramienta de toma de conciencia, estructura y ordena la información que vamos obteniendo, favorece la toma de decisiones sobre si vamos o no a ponernos en acción y nos sirve para, por lo menos inicialmente, diseñar la estrategia. Y me gusta especialmente utilizar la que Bateson (Antropólogo, científico social, lingüista y cibernético) y Dilts (consultor, escritor y uno de los principales impulsores de la Programación Neuro Lingüística) han llamado “Niveles de aprendizaje y cambio”.

Según esta teoría, existen una serie de niveles, de jerarquía natural dentro de nuestra estructura cerebral, en el lenguaje y en nuestros sistemas perceptivos, que influyen y dan forma a nuestras relaciones e interacciones.

Cada nivel es más profundo y subjetivo que el precedente. Cambios efectuados en niveles superiores afectan a los que están por debajo, mientras que cambiar algo en un nivel inferior puede, aunque no necesariamente, afectar a los niveles superiores. Ahora bien, si un nivel inferior no está presente, los niveles que están por encima no podrán ser expresados.

De ahí la importancia de que ante cualquier situación de aprendizaje y o cambio, sepamos en que nivel estamos, trabajemos los niveles superiores e inferiores si es necesario `para poder llevarlo a cabo y seamos conscientes de si estos diferentes niveles están alineados, armonizados, o son discrepante o incluso contrarios.

Los niveles de aprendizaje y cambio son: Ambiente y entorno compartido, marca el cuándo y dónde, determina las de restricciones y oportunidades, el contexto bajo el cual las personas se mueven. En otro nivel están las conductas y acciones que un grupo o un individuo realizan en ese ambiente (el que hacemos), rutinas, hábitos de comportamiento o trabajo, procedimientos generales de una organización. Seguimos avanzando para pasar al nivel de las capacidades y destrezas, nos indican la actitud, el cómo se realizan las acciones en un contexto determinado, marcan nuestras estrategias personales (de comportamiento, formación y aprendizaje) y organizacionales. Siguiente nivel, creencias y valores de un individuo o de una organización (el por qué), creencias sobre uno mismo y sobre el entorno, que sustentan las capacidades, dan el permiso y la motivación. Y valores, aquellos pilares sobre los que se construye una vida o una organización. Asentado en las creencias y los valores se yergue un nivel superior , el sentido de identidad, es el quien que está detrás de todo lo anterior, tiene que ver con el sentido de misión que tienen las personas y las organizaciones con respecto a los sistemas mayores a los que pertenecen (familia, profesión, sociedad) y con respecto a su propia visión o propósito (el para qué), que es el último nivel, el que nos marca la dirección a seguir, el rumbo, donde imaginamos escenarios futuros y creamos las metas a largo plazo.

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