Los profesores de universidad ¿están preparados para impartir clases?

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Todos hemos tenido ese profesor en la Universidad que nos ha hecho amar su asignatura, a veces incluso hasta esa materia que nos imaginábamos como un peñazo infumable cuyas clases se convertirían en un suplicio.

Generalmente, esta repentina atracción por una asignatura que, a priori, nos resultaba poco interesante se debe únicamente a una cosa: el profesor encargado de impartirla es realmente un buen profesor.

Seguramente, muchos de vosotros, al igual que me ocurre a mi, echéis en falta más profesores que estimulen las mentes de sus alumnos en sus clases y produzcan un sentimiento de agrado al asistir a sus materias. Esto se debe a que hay un gran número de  de profesores que limita sus clases a leer una presentación en PDF, que muchas veces ni siquiera ellos mismos entienden. Este aspecto de la docencia universitaria es precisamente el que me gustaría criticar en este artículo.

Apostaría un brazo a que a nadie le suena raro que hable sobre profesores que no saben responder las dudas básicas de sus alumnos, que se quedan mirando a su diapositiva como si ésta les fuera a sacar del apuro o que, directamente, te ignoran como si no te hubieras dirigido a ellos. El único motivo por el que esto ocurre es que en el fondo estos individuos, pues no puedo referirme a ellos como docentes o maestros, simplemente, pasan de sus alumnos y no les importa en absoluto su formación.

¿Qué otra explicación puede haber si no?

Sin embargo, antes de hablar de los profesores, debemos tener en cuenta que la mayoría, si es que no todos, son doctores. Y no me refiero al uso coloquial que atribuye el ser doctor a ser médico, sino al más alto título académico que se puede obtener en España. Estos doctores, generalmente, tienen una vocación únicamente investigadora, relegando a un segundo plano, el tema de la docencia en la que estarán obligados a trabajar durante la obtención del mismo y tras ser investidos con dicho título.

Reflexionando acerca de este tema comencé a plantearme la siguiente cuestión: ¿debería regularse el acceso a doctorado en función de las competencias docentes del futuro doctor?

Para mí, y tras recapacitar sobre esta pregunta, la respuesta es rotundamente sí. Es necesario regular quién va a ser el futuro docente de los profesionales en ciencias de la salud, pues de su labor depende que un joven quiera convertirse en cirujano, urólogo o incluso que deje la carrera ante la frustración que supone estudiar con un profesor inepto. No debemos olvidar que un buen profesor suele producir alumnos excelentes.

Existe también la opción de que no todos los doctores o estudiantes en proceso de obtención de doctorado accedan a la enseñanza. Es decir, que sólo aquellos que realmente lo deseen incluyan en su actividad profesional dicho desempeño laboral.

Este problema que planteo no es un tema que debamos menospreciar. Si bien es cierto que los profesores no son el principal problema en las ciencias de la salud, sí lo es el sistema de estudio que esta rama del conocimiento tiene, y es un hecho que sólo podremos solucionar con profesores implicados en su actividad y no monigotes puestos por la Universidad, para recitar, como si de un salmo se tratase, el temario que llevan 20 años “explicando”, haciéndonos pensar que la ciencia ha evolucionado tan poco como para pasarnos 2 semanas estudiando las leyes de Mendel.

Es por esto que apoyo fervientemente la idea de que las universidades deberían hacer una entrevista a sus futuros miembros docentes antes de contratarlos, impartir cursos de formación para el profesorado y prescindir de aquellos profesionales que reciban quejas, año tras año, de sus alumnos, porque sólo así lograremos evitar el estancamiento y la frustración de unos estudiantes que podrían dar mucho más de sí, con un buen guía y un plan de estudios moderno, lejos de la memorística y los test multirrespuesta.

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