El peligro de las dietas milagro bajas en hidratos de carbono: perspectiva enfermera desde la evidencia

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La obesidad se ha convertido en una de las grandes epidemias del siglo XXI. La Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que, si se mantienen las tendencias actuales, el número de lactantes y niños con sobrepeso crecerá hasta los 70 millones para 2025. Su influencia en nuestra salud es tan marcada y cargada de riesgo (azúcar, hipertensión, cardiopatía coronaria –ataques cardíacos-, apnea del suelo, problemas óseos y articulares, algunos tipos de cáncer, etc) que el miedo en la población ha multiplicado la demanda de soluciones y con ello el número y variedades de tratamientos dietéticos, muchos de ellos sin base científica. Pseudoespecialistas, revistas, programas de televisión, páginas web o grupos de redes sociales ofrecen consejos y guías que prometen resultados inmediatos, hablamos de las ‘dietas milagro’.

Siempre ceñida a la actualidad, la revista Enfermería Clínica, prestigiosa cabecera que recoge las experiencias prácticas y los resultados de la aplicación de las actividades de enfermería a través de estudios de investigación, publica una revisión de algunas dietas supuestamente milagrosas basadas en la drástica reducción de los hidratos de carbono (HC) ingeridos. A lo largo de un completo artículo repasa la evidencia científica disponible y demuestra que dichas dietas suponen un peligro para la salud, además de ser ineficaces para un control de sobrepeso a medio y largo plazo.

Falsa creencia: el consumo de HC no reduce el peso corporal

A través de este laborioso trabajo de investigación, el equipo firmante (María José Casado Dones∗, María Isabel Fraile Villar, Mónica Juárez Bonilla, Cristina Moreno González y María Martín Rodríguez. Unidad de cuidados intermedios cardiológicos, Hospital Puerta de Hierro) desmonta con argumentos científicos  la -falsa- creencia general que sigue estableciendo que reducir el consumo de HC es imprescindible para reducir el peso corporal. Según indican las autoras, “el problema no radica en la supresión ni eliminación de dicho grupo de alimentos, sino en la reestructuración de la dieta actual para equilibrar el aporte del resto de nutrientes que componen nuestra dieta, aumentando el aporte de HC y reduciendo el actual aporte elevado de proteínas y grasas”.

Consecuencias de las dietas milagro

En muchas ocasiones la necesidad imperiosa de perder peso rápidamente hace que sigamos al pie de la letra las propuestas alimenticias de cualquier canal, sin contrastar su base científica. El peligro de cambiar nuestros hábitos alimenticios sin la supervisión de un especialista pueden ser considerables. Las dietas muy restrictivas y muy bajas en calorías (<800 kcal/día) deben ser supervisadas estrictamente, y aunque generan mayores bajas de peso iniciales, no muestran diferencias a largo plazo en comparación con aquellas de mayor aporte calórico. Entre otros problemas relacionados con la salud, las dietas milagro:

  1. Crean deficiencias de micronutrientes por la falta de aportes dietéticos y desencadenan síntomas asociados, tales como caída del cabello, debilidad de las uñas, mareos, astenia, etc.
  2. Empeoran algunas alteraciones gastrointestinales (náuseas, vómitos, diarreas, estreñimiento).
  3. Aumentan el riesgo cardiovascular y de alteraciones hepáticas, óseas o renales.
  4. Fomentan sentimientos de frustración que afectan negativamente al estado psicológico del paciente y desencadenan trastornos del comportamiento, incluso trastornos de la conducta alimentaria de peor pronóstico que la propia obesidad.
  5. Favorecen el efecto rebote o «yoyó».
  6. Promueven falsos mitos en relación con la alimentación y estilo de vida. Esto puede cronificar o sistematizar hábitos alimentarios arriesgados.
  7. Retrasan el inicio de un tratamiento adecuado, aumentando el riesgo de morbimortalidad.
  8. Ocasionan gastos económicos en ocasiones muy elevados, en productos que no tienen los efectos declarados.

Cómo debe ser una dieta de control del peso

Según reza en el artículo de Enfermería Clínica, una dieta hipocalórica equilibrada debe proporcionar un balance energético negativo, con un déficit diario de 300-1.000 kcal respecto a la ingesta habitual. En este sentido, lo más recomendado por los especialistas es restringir 500 kcal o más, por debajo del gasto calórico total estimado para mantener el peso actual, de esta manera se puede inducir una reducción de peso de aproximadamente de 0,5 a 1,0 kg por semana. Además, debe proporcionar un adecuado reparto de los macronutrientes y garantizar un correcto aporte de micronutrientes. Existe evidencia científica suficiente para afirmar que un consumo adecuado de HC se asocia también a un mayor consumo de fibra dietética, mejorando por tanto el control del peso corporal, y reduciendo el riesgo de estreñimiento, diverticulosis, hemorroides, litiasis biliar, cáncer de colon, enfermedad cardiovascular y diabetes tipo 2.

Algunos autores opinan que una dieta rica en HC y pobre en grasas produce mayor pérdida de peso derivada de diferentes factores:

A/ Produce mayor efecto saciante por mediadores hormonales y porque contiene mayor cantidad de fibra.

B/ Tiene mayor acción dinámico-específica y por tanto mayor gasto energético metabólico.

C/ Su densidad energética es menor que la de la grasa.

D/ Uno de los principales factores de eficacia de una dieta es el nivel de adherencia a la misma, y esta se ha demostrado mayor en las dietas ricas en HC.

Las dietas con mayor contenido de hidratos de carbono complejos (aproximadamente ≥ 50% del aporte energético total) se asocian también con índices de masa corporal más bajos en adultos sanos.

Control profesional con el enfermero de punta de lanza

Por último, no debemos olvidar que cualquier dieta que emprendamos debe estar controlada por un equipo multidisciplinar. En esta terapia los profesionales de enfermería desarrollan una función importante, al ser el agente de salud más cercano al paciente, capaz de integrar la evidencia proveniente de la investigación, la experiencia clínica y las expectativas y preocupaciones del propio usuario. Con estos elementos, equipo y paciente establecen una alianza terapéutica que optimiza la consecución del objetivo sin mermar la calidad de vida.

Autoras: María José Casado Dones∗, María Isabel Fraile Villar, Mónica Juárez Bonilla, Cristina Moreno González y María Martín Rodríguez. Unidad de cuidados intermedios cardiológicos, Hospital Puerta de Hierro Majadahonda (Madrid, España).

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