La batalla contra el SIDA también se libra en nuestras mentes

Captura-de-pantalla-2016-12-01-a-las-11.49.59.png

Las cifras hablan por sí solas. Según el último informe disponible de ONUSIDA (la sección de la ONU dedicada al estudio, concienciación y combate del SIDA), se han reducido en un 42% las muertes relacionadas con esta enfermedad en el mundo desde que se alcanzara un punto máximo en 2004 y en un 35% las infecciones. Parte de la culpa de estas buenas cifras es el cada vez mayor acceso de los enfermos de todo el mundo al Tratamiento Antirretroviral (acceso que ha aumentado en un 84% desde 2010). Es algo que debemos permitirnos celebrar este 1 de diciembre, Día Mundial de la Lucha Contra el SIDA.

A pesar de ello, las siglas SIDA siguen erizándonos el vello. El Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida es uno de esos grandes enemigos invisibles, como el cáncer o las cardiopatías, de una sociedad en donde, sin estas enfermedades catastróficas, el individuo medio sería capaz de vivir entre ochenta y noventa años sin grandes problemas.

No obstante, este miedo quizás debamos empezar a calificarlo como atávico. Del mismo modo que el miedo a la gripe en siglos pasados, cuando un «simple» catarro podía traer catastróficas consecuencias al individuo, ha quedado superado en la actualidad y convertido en un mero sentimiento de fastidio cuando le toca a uno andar con el moco colgando, podríamos estar viviendo durante los presentes años ese «cambio de registro» del SIDA como enfermedad. Aún nos queda un largo camino por recorrer; el SIDA aún no es como una «simple» gripe, pero el camino parece prometedor.

Sinónimo de vida normal
Aunque a mucha gente de a pie le parezca asombroso, el SIDA hoy, en una sociedad con acceso común al tratamiento antirretroviral, es sinónimo de una vida normal y tan larga como la del resto (siempre supeditada a la adhesión al tratamiento, pero normal y larga). Sí, una persona infectada por el virus sobrevive y puede, tomando las precauciones necesarias, tener relaciones sexuales y formar una familia sin poner en peligro de contagio a sus seres queridos. El SIDA pasa de ser una afección aguda y mortal de gente marginal a ser una afección crónica si se pueden tomar las medidas necesarias.

Así pues, el SIDA está cambiando, pero hay algo que, por el momento, no ha cambiado con él, al menos a un ritmo similar: el estigma social que rodea a las personas infectadas por el VIH. El estigma refiere a la imagen que estas personas y esta enfermedad tienen en el imaginario colectivo, y ésta sigue siendo muy desfavorecedora. Según el estudio Evolution of HIV-related stigma in Spain between 2008 and 2012 publicado por la Sociedad Española Interdisciplinaria del Sida (SEISIDA), en 2012 aún el 13% de la población considera que el Gobierno debería tomar medidas para aislar a estas personas y evitar el contagio, e incluso que debería publicar un listado con los nombres de los enfermos para que todo aquel que quisiera pudiera evitarlos; el 8% de la población no quiere tener ningún tipo de relación con infectados por VIH, cerca del 60% se encontrarían muy incómodos si tuviesen un compañero de trabajo con SIDA y cerca de un 56% evitaría comprar en una tienda en donde uno de sus trabajadores tuviese la enfermedad. El tratamiento contra el SIDA ha avanzado mucho pero, como puedes ver, la sociedad aún no está a la altura de la medicina. Aunque no todo va a ser negativo: en 2008, en comparación con 2012, la imagen era aún peor.

Todo quedaría en una «anécdota social», en uno más de los múltiples prejuicios que compartimos, si no fuese porque la persistencia del estigma afecta a la salud pública. Esta afirmación puede resultar extraña a cualquier persona, profesional de la salud o no, debido a que nos resulta complicado establecer una relación entre lo que la gente piensa y un hecho físico como el estado de salud de alguien, pero la relación existe de dos maneras: por un lado, el estigma afecta a la salud y tratamiento de las personas diagnosticadas con VIH y, por otro, el estigma incide sobre la prevención de la enfermedad y su tratamiento precoz.

El estigma que evita la cura
Según el informe ‘Reducing HIV Stigma and Discrimination: a critical part of national AIDS programmes’ publicado por ONUSIDA en 2008, la estigmatización que sufren las personas que padecen SIDA es uno de los grandes obstáculos que se encuentran en el camino de la cura definitiva de la enfermedad. ¿Cómo puede ser que algo abstracto como una creencia o un prejuicio compartido pueda ser considerado por un organismo como la ONU como un auténtico impedimento para la salud pública, como si de un virus alternativo e invisible se tratase? La respuesta es estremecedora.

El estigma se convierte en toda una roca en el camino por el miedo de las personas a ser estigmatizadas: a sufrir homofobia, discriminación, marginalización y a perder el afecto de sus seres queridos. Como ejemplo de la gravedad de este miedo, dos cifras recogidas en el mismo informe: una encuesta entre pacientes que recibían el tratamiento antirretroviral reveló que el 40% de estos pacientes tardaron en hacerse el test del VIH debido al estigma, al miedo a ser marginalizados, en una enfermedad en la que el acceso precoz al tratamiento mejora la prognosis; y otra encuesta realizada a drogadictos reveló que el 40% de ellos evitaban hacerse el test debido a la posibilidad de ser estigmatizados si resultaba positivo. Es decir, el rechazo social que manifiestan muchas personas hacia los enfermos de SIDA agrava la enfermedad misma debido a que, por culpa de ello, la población en riesgo retrasa la hora de hacerse las pruebas pertinentes para el diagnóstico.

Asimismo, el estigma también se torna un peligro para la salud pública desde otra posición: la de los médicos. Otro de los datos recogidos por el mencionado informe apunta directamente con el dedo a los profesionales de la salud. En una encuesta realizada a más de mil de ellos que se hallaban trabajando directamente con pacientes de SIDA reveló que el 43% de estos profesionales había observado a algún compañero en alguna ocasión rechazar la admisión de un paciente con VIH. El trato discriminatorio por parte del personal sanitario influye directamente en las opciones de supervivencia este colectivo.

Revisados estos tristes porcentajes, como estudiantes de Ciencias de la Salud y como ciudadanos cabe hacernos una pregunta: ¿cómo nos comportaríamos nosotros si recibiésemos en nuestra consulta a un paciente con SIDA? ¿Preferiríamos a otro tipo de paciente? ¿Le trataríamos como a uno más? ¿Y qué podemos hacer nosotros por concienciar a la gente de que el estigma, más allá de la enfermedad, es un problema? ¿Cómo podemos educar desde nuestro futuro papel de profesionales de la salud e investigadores al resto de la comunidad para que el estigma avance al mismo ritmo que avanza la ciencia médica?

La lucha contra el SIDA, pues, no se libra sólo en los laboratorios sino también en la mente colectiva. Y la cura contra este mal invisible no está en las pastillas o los medicamentos, sino en la información. Es la única arma efectiva con que contamos para ayudar a esta población doblemente vulnerable.

Autor: Patricia Tezanos

Share
Tweet
Share
Share