Bioterrorismo Capítulo 3. Cobayas humanas para testar virus

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Hoy compartimos el tercer y último capítulo de la serie sobre bioterrorismo firmada por el estudiante de Medicina, Arturo Sánchez Chillón. El anterior post definía la influencia de Louis Pasteur en esta macabra forma de combatir de los humanos y se cerraba en los primeros compases del s.XX y la llamada “Operación Cosecha Oscura/Negra”. Turno ahora para la Segunda Guerra Mundial, un banco de pruebas terrible con el hombre como cobaya.

Bioterrorismo Capítulo 1. La historia de 3.000 años de muerte programada

Bioterrorismo Capítulo 2. Louis Pasteur consolida una nueva forma de guerra

Experimentos con humanos

Durante la Segunda Guerra Mundial, la Alemania nazi fue sin duda la protagonista de tanto especulaciones como hechos reales sobre diabólicos experimentos en seres humanos. Realizaron investigaciones sobre el efecto de ciertas vacunas y drogas en prisioneros afectados de Rickettsia prowazekki, Plasmodium o virus de la hepatitis A, pero aparentemente nunca consideraron el empleo de armas biológicas. En 1942, Reynhard Heidrich, cabeza de la Gestapo, fue asesinado por patriotas checos entrenados por los británicos, sirviéndose de una granada cargada de toxina botulínica, una de las más potentes conocidas (500 veces más que el gas sarín) junto a la de la “avispa de mar” (la medusa Chironex fleckeri), considerada la criatura más letal del planeta. El botulismo adopta varias formas dependiendo de cómo se adquiere: alimentario (común en las comidas en tarros y selladas al vacío inadecuadamente), traumático, infantil o en adultos e iatrogénico.

La Unión Soviética empleó la tularemia como armamento biológico contra los alemanes en Stalingrado, aunque acabó afectando a ambos bandos. Ante el miedo a un ataque bioterrorista nazi, los Aliados presionaron a EE.UU. que comenzó su proyecto de investigación de armamento biológico bajo el mandato de Franklin D. Roosvelt. En 1943 se creó el Servicio Bélico de Investigación de los EE.UU. donde vio sus inicios un laboratorio en Maryland llamado Fort Detrick. Al final del mismo, se habían desarrollado siete agentes incapacitantes o letales para humanos, incluyendo ántrax.

La Unión Soviética empleó la tularemia como armamento biológico contra los alemanes en Stalingrado, aunque acabó afectando a ambos bandos

Después de la Segunda Guerra Mundial, los EE.UU. garantizaron inmunidad en la persecución por crímenes de guerra al Escuadrón 731, a cambio de aportar todo el conocimiento que extrajeron de sus experimentos. En 1969, Richard Nixon renunció al uso de armamento biológico por parte de los EE.UU. Bajo la presión de la O.M.S., la nueva Convención sobre el Desarrollo, Producción y Almacenamiento de Armas tóxicas y Biológicas fue firmada en 1972 por EE.UU., Reino Unido y gobiernos soviéticos. Por otro lado, la Unión Soviética poseía toneladas de peste para ser empleada, al mando del programa soviético se encontraba el doctor Ken Alibek.

En una clara violación de este acuerdo, en 1973 los soviéticos fundaron Biopreparat (“preparación de sustancias biológicas” en ruso), una red de laboratorios secretos, cada uno dedicado a un patógeno en concreto, que durante la década de los ochenta desarrolló enfermedades resistentes a los antibióticos como el ántrax y la tularemia en un intento de encontrar el bioarma absoluta. En su punto álgido, la Unión Soviética poseía el programa de investigación bioarmamentística más potente, integrado en una red de 20-50 instalaciones, dependiendo de los testimonios. Estos laboratorios fueron los responsables de continuar el legado bioarmamentístico de la Unión Soviética. En 1971, en Kantubek, ciudad en la isla de Vozrozhdeniya (mar Aral), tuvo lugar un escape de 400 mg. de viruela de las instalaciones del programa bioarmamentístico Aralsk-7 que infectó a 10 personas, de las cuáles tres fallecieron. Hasta 2002 no se supo públicamente del suceso. A este programa también se le endosaron sospechas por recurrentes epidemias de peste, muerte de peces y de una especie de antílope ahora en peligro de extinción (Saiga tatarica).

En 1973 los soviéticos fundaron Biopreparat (“preparación de sustancias biológicas” en ruso), una red de laboratorios secretos, cada uno dedicado a un patógeno en concreto.

Otro hito en la turbulenta historia de Biopreparat tuvo lugar en la ciudad de Sverdlovsk (ahora Yekaterinburg) en 1979 cuando estalló una brutal epidemia de ántrax. Sucedió hasta a 4 km. de distancia de unos laboratorios de Biopreparat. La culpa fue echada al consumo accidental de carne contaminada y no fue hasta 1992 que el presidente Boris Yelstin admitió que las maniobras militares fueron la causa. En 1989, el primer detractor en surgir de Biopreparat, Vladimir Pasechnik, reveló que los esfuerzos bioarmamentísticos soviéticos eran diez veces más fuertes de lo estimado por los EE.UU. o Reino Unido. En 1992, y con la reciente caída de la Unión Soviética, el doctor Ken Alibek renegó de su puesto como importante dirigente del programa y proveyó de cuantiosos detalles sobre la investigación al gobierno estadounidense. En septiembre de 1984, la secta de los Rajneeshees establecida en Wasco Country (Oregon), empleó Salmonella typhimurium para contaminar ensaladas en varios locales conduciendo a 751 casos de salmonelosis de los cuales 45 necesitaron hospitalización. Este es el único ataque bioterrorista verificado y atribuido a un grupo en la historia de los EE.UU.

Una amenaza todavía latente

Los tratados firmados a lo largo del siglo XX en pos del cese del empleo de bioarmamento siempre fueron tomados en parte a la ligera. En 1995, la C.I.A. reveló que al menos 17 países fabricaban armas biológicas. Irak, Bulgaria, India, Rusia, China, Libia o Siria entre algunos de los citados. En verdad, Irak bajo el mandato de Saddam Hussein, inició un programa de investigación de bioarmamento incluyendo B. anthracis y varias clases de virus pero estas armas potenciales no se llegaron a emplear en la Guerra del Golfo. Después de dicha guerra, oficiales iraquíes admitieron haber desarrollado un programa que incluía la producción de toxina botulínica, rotavirus, aflatoxinas, micotoxinas y ántrax como armas de destrucción masiva. La inteligencia militar cree pudieron producir hasta 19.000 litros de toxina botulínica, suficientes para acabar con toda la humanidad.

En 1995, la C.I.A. reveló que al menos 17 países fabricaban armas biológicas. Irak, Bulgaria, India, Rusia, China, Libia o Siria entre algunos de los citado

Son múltiples los aspectos que hacen a un patógeno atractivo para el bioterrorismo: relacionados con el agente en sí (produce un efecto o enfermedad en concreto o bien la muerte, altamente contagioso e infectivo a dosis bajas, maleable para la producción en masa y la conversión en un arma) y relacionados con la población objetivo (con poca o ninguna inmunidad adquirida y difícil acceso al tratamiento o inmunización). Los virus de las fiebres hemorrágicas por ejemplo, como el Ébola, Marburg, virus de la fiebre amarilla o de la fiebre de Lassa, son virus con gran capacidad de transmisión de persona a persona. Tanto, que segaron la vida de un tercio de los atenos en el año 431 a.C. Por otro lado la toxina botulínica, a pesar de su potencia, es inestable y se destruye con facilidad mientras. Del mismo modo, la Francisella tularensis es muy sensible a luz solar.

Los métodos de diseminación ha evolucionado de una misil o una bomba lanzada desde el aire a una simple carta ordinaria.

Los métodos de diseminación, como en la guerra, son variopintos. Desde misiles y bombas hasta aerosoles pasando por las pólvoras y formas líquidas (en 1495 los españoles vendieron a los franceses tinajas de vino mezclado con sangre de leprosos en Nápoles; en 1650 el ejército polaco lanzaba saliva de perros contagiados de rabia contra sus enemigos). Volviendo al ejemplo inicial del correo postal, en 2013 una carta con ricina fue enviada al presidente de los EE.UU. Barack Obama. No llegó a la Casa Blanca por contener elementos similares a una enviada al alcalde de Nueva York que decía así: “…lo que hay en esta carta no es nada comparado con lo que tengo preparado para tí”. La ricina es una toxina que se extrae de las semillas del ricino (Ricinus communis). Inhibe la síntesis proteica al bloquear la función ribosómica provocando un cese total de las funciones celulares básicas. No existe antídoto. Cantidades alrededor de 3 mmg. pueden resultar mortales pero se ha probado como tratamiento anticanceroso. En 1978, Georgi Markov, escritor y periodista búlgaro que vivía en Londres, falleció después de ser atacado con un paraguas manipulado para inyectar un gránulo de ricina. En 1940, el ejército de los EE.UU. experimentó y consideró su uso como armamento biológico. Informes indican que pudo ser empleado como bioarmamento en Irak en los años 80 y más recientemente por organizaciones terroristas.

Cómo detectarlo

Uno de los problemas principales para detectar un ataque bioterrorista es distinguirlo de un suceso natural o accidente, esto es, identificar la causa como intencionada, terrorista. Y en mundo cada vez más globalizado como el de hoy en día, dicha tarea es cada vez más difícil. De todos modos, el Centro de Control y Prevención de Enfermedades (C.D.C.) ideó una Red de Respuesta de Laboratorios para proveer de un sistema de respuesta organizado para la detección y el diagnóstico de de agentes bioterroristas basado en tests de laboratorio y sus infraestructuras. Existen cuatro niveles de capacidad, desde A hasta el D. Un laboratorio A tiene una capacidad mínima de control y simplemente descartan amenazas mayores o derivan los casos a un laboratorio de mayor nivel. Un laboratorio de nivel D, como el C.D.C., dispone de los máximos protocolos de seguridad y las técnicas más avanzadas para controlar una situación y administrarla correctamente. La viruela y los virus de las fiebres hemorrágicas implican un nivel de bioseguridad 4 y deben ser manejados por laboratorios de nivel D.

En 2012, un laboratorio halló la forma de convertir el virus de la gripe A H1N1 en un agente pandémico mortífero. El doctor Yoshihiro Kawaoka de la Universidad de Wisconsin ha creado una nueva cepa del virus que es resistente al sistema inmune. Un mínimo fallo de seguridad en sus instalaciones y al menos el 5% de la población mundial podría fallecer. Sus efectos serían mucho más devastadores que con la gran gripe española (H1N1) de 1918, que en en apenas un año acabó con la vida de 50-100 millones de personas, siendo Zamora la región más afectada de Europa.

El doctor Yoshihiro Kawaoka de la Universidad de Wisconsin ha creado una nueva cepa del virus que es resistente al sistema inmune. Un mínimo fallo de seguridad en sus instalaciones y al menos el 5% de la población mundial podría fallecer

Sin embargo, a pesar de tener los laboratorios de dicha universidad un BSL-3, el virus se contenía en nivel 2. En la situación actual existen miedo y preguntas sin responder sobre a qué altura se encuentra la capacidad bioarmamentística de ciertas organizaciones terroristas y países de Oriente. Varias personalidades, como Bill Gates, advierten de un posible ataque bioterrista. En el caso del empresario fundador de Microsoft: “…ocurra por naturaleza o por la mano de un terrorista, un patógeno transmitido por el aire puede matar a más de 30 millones, es una probabilidad razonable que suceda en unos 10 a 15 años”. La historia del bioterrorismo, casi tan antigua como la de nuestra especie, demuestra como lo único equiparable a nuestra capacidad de crear vida y hacer el bien, es la inagotable inventiva para dañar al ajeno de la forma más vil, imaginativa y retorcida posible. Como dijo Kurt Russell en 2013, Rescate en L.A.: “Bienvenido a la raza humana”.

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