Bioterrorismo Capítulo 2. Louis Pasteur consolida una nueva forma de guerra

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El pasado 5 de enero os presentábamos, la primera parte del extenso trabajo de investigación del estudiante de Medicina, Arturo Sánchez Chillón, sobre los 3.000 años de bioterrorismo. Hoy os presentamos la segunda entrega de esta serie de tres capítulos, profundizando en sus categorías y en los científicos que consolidaron –involuntariamente- con sus estudios y descubrimientos esta nueva forma de hacer la guerra.

En 1864, Louis Pasteur realiza y describe el proceso que desde entonces se llamaría “pasteurización”, establece la teoría germinal de las enfermedades e inicia sin saberlo, la era moderna del bioterrorismo, al aportar evidencia científica  sobre la relación entre enfermedad y agente causal y un protocolo para el aislamiento, control y manipulación de los microorganismos. Ello, combinado al establecimiento de los postulados de Robert Koch, consolidaron una nueva forma de guerra.

Los agentes bioterroristas

El Centro de Control y Prevención de Enfermedades (C.D.C.) de los EE.UU. establece una categoría de tres para los agentes bioterroristas:

  • -Categoría A, aquellos fácilmente transmisibles de personas a persona, con alta tasa de morbi-mortalidad, gran peligro potencial a la salud pública y que pueden desatar el pánico y crear disrupción social. Entre ellos hallamos el ántrax o carbunco (Bacillus anthracis), la peste (Yersinia pestis), el botulismo (Clostridium botulinum), la viruela (Variola major), tularemia (Francisella tularensis) y los virus de las fiebre hemorrágicas (Ébola y Marburg).
  • -Categoría B, capacidad de diseminación moderada, con tasas de mortalidad medias o bajas. Entre ellos hallaremos la brucelosis, la toxina epsilon del Clostridium perfringens, la melioidosis (Burkholderia pseudomallei), la psitacosis (Chlamydia psittaci), la fiebre Q (Coxiella burnetti) o la ricina (extraida del Ricinus communis).
  • -Categoría C, fácilmente accesibles, patógenos diseñados por ingeniería genética para la destrucción masiva, facilidad de producción y diseminación y potencial para alta tasa de morbimortalidad. Entre ellos encontramos las enfermedades infecciosas emergentes como el virus Nipah o los hantavirus. Durante la Primera Guerra Mundial, los alemanes usaron armamento biológico infectando caballos con ántrax o muermo en los EE.UU (contratando a trabajadores portuarios), Rumania, Francia o España que suministraban a los Aliados.

En 1925, más de 150 países se congregaron para firmar el Protocolo de Ginebra para la Prohibición del uso bélico de gases asfixiantes o venenosos y de armamento bacteriológico. Pero no se estableció nada acerca de la producción y la investigación, de modo que estados como Polonia, Italia, Canada, Reino Unido y la Unión Soviética comenzarón a investigar. EE.UU. no ratificó el protocolo hasta 1975.

El general Shiro Ishii, un desconocido y sádico ‘doctor muerte’

La pericia en el empleo del bioterrorismo vio un nuevo culmen en 1930, cuando programas nacionales de armamento biológico dieron comienzo. Los japoneses tenían un programa de investigación bioarmamentística muy activo, entre ellos el más elaborado fue el Escuadrón 731, en el cuál se experimentaron con hasta 15-20 patógenos letales, siendo el ántrax uno de sus predilectos. El programa se desarrollo en pleno seno de la Segunda Guerra Sinojaponesa (1937-1945). El lugar de tan terrible investigación se camufló como una instalación depuradora de agua, situándose en la ciudad china ocupada de Harbin.

“Los japoneses tenían un programa de investigación bioarmamentística muy activo, entre ellos el más elaborado fue el Escuadrón 731, en el cuál se experimentaron con hasta 15-20 patógenos letales, siendo el ántrax uno de sus predilectos”

El general Shiro Ishii, microbiólogo al cargo del Escuadrón, orquestó los deplorables experimentos que se llevaron a cabo tanto sobre soldados chinos en combate, civiles y prisioneros de guerra. Fascinado con la peste, Ishii liberó bombas cargadas con pulgas infectadas de la muerte negra sobre China causando graves epidemias. Esta unidad realizó experimentos con seres humanos tales como vivisecciones, accidentes cerebrovasculares e infartos cardiacos inducidos, abortos forzados, hipotermia y congelaciones.

Más de 10.000 personas fueron usadas como cobayas de laboratorio en el Escuadrón 731 y muchas más fallecieron por la mano de Ishii y sus secuaces. La operación de nombre en clave “Flor de Cerezo por la Noche” fue un plan de ataque ideado por Ishii de cometer un ataque bioterrorista sobre California del Sur pero fue truncado tras la rendición japonesa, finalizando la Guerra del Pacífico, el 15 de agosto de 1945.

“Operación Cosecha Oscura/Negra”

Desde que se fundó oficialmente en 1916, científicos de Porton Down, el Laboratorio para la Ciencia y Tecnología de la Defensa británicas, llevaron a cabo en las décadas siguientes polémicos, fraudulentos y terribles experimentos sobre personas, tanto en entorno controlado como público. Entre muchos, en 1942-43 detonaron bombas cargadas de ántrax en la abandonada isla de Gruinard para probar y estudiar sus capacidades bioarmamentísticas y ver si resultaba factible su empleo en bombas de racimo en una posible ofensiva contra ciudades alemanas. Emplearon una cepa altamente virulenta llamada “Vollum 14578”. El tipo más común de ántrax es el cutáneo y la forma inhalada es la más letal. Descubrieron la alta resistencia de las esporas. Fragmentos de los experimentos quedaron grabados en películas que fueron desclasificadas en 1997. La isla quedó en cuarentena décadas hasta que en 1986 diversos periódicos comenzaron a recibir correos con la seña “Operación Cosecha Oscura/Negra” como identificación. Un grupo militante resultó ser el autor y demandaban la inmediata descontaminación de la isla, la cuál, comenzó en 1986 y en 1990 fue reabierta oficialmente. No fue suficiente. Sonado fue el episodio del 26 de julio de 1963, cuando científicos del mismo laboratorio quisieron poner a prueba la vulnerabilidad de las infraestructuras ante un ataque químico o bacteriológico. Liberaron en el metro de Londres 30 g. de esporas de Bacillus globigii, lo que entonces llamaban “simulador” al creer era inocua. Hoy se sabe puede inducir septicemia. El patógeno se extendió por varias estaciones hasta 15 km. por los conductos de ventilación. Hasta hace poco la población londinense no supó que se experimentó con ellos.

Y hasta aquí este segundo capítulo. El próximo mes de marzo desembarcamos en la Segunda Guerra Mundial, el punto álgido del bioterrorismo.

Bioterrorismo Capítulo 1. La historia de 3.000 años de muerte programada