Contra la homofobia/transfobia

Salir del armario (de los horrores)

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La historia de la humanidad compone un espejo que nos lanza un reflejo bastante feo de lo que fuimos. Nuestra especie, que tanto se caracteriza por sus hazañas, también lo hace por sus enormes equivocaciones. Si echamos la vista atrás, vemos guerras, odio, opresión… Muchas cosas de las que antes eran lo normal hoy entran en el territorio de lo indecente. De algún modo, sentimos que los humanos actuales somos menos bárbaros que los que nos precedieron.

Aunque esa sensación puede no ser más que un espejismo, pues es innegable que seguimos repitiendo errores y chapoteando en el fango de la sinrazón, hoy vamos a centrarnos en la parte positiva: es igualmente innegable que hemos corregido o que al menos nos hallamos corrigiendo en nuestro tiempo grandes borrones que empañaron nuestra esencia. Tal es el caso del movimiento de aceptación de que la naturaleza sexual humana no es tan simple como siempre nos quisieron pintar: hablamos de la superación de la homofobia para celebrar el Día Internacional contra este fantasma de nuestro pasado. Se trata de un camino plagado de sombras por el que aún seguimos avanzando a un ritmo más o menos constante.

Pecado, enfermedad y normalidad

La historia de la humanidad reprimiendo a las personas y prácticas homosexuales (eso a lo que Wikipedia denomina Timeline de la historia LGTB) se remonta a siglos antes de Cristo. Aunque la cultura griega y la romana aceptaban abierta o tácitamente diversas prácticas homosexuales en los siglos anteriores a este año cero, en otras regiones se empezaban a escribir las primeras notas del leit motiv anti-gay que, tristemente, nos resulta más familiar. Puede sonarnos extraño, pero en aquellos milenios tan lejanos, convivían regiones en donde el matrimonio gay era públicamente aceptado y celebrado con otras en donde estas prácticas eran terriblemente castigadas.

Una de las páginas más dramáticas de esta historia se escribió en tiempos del primer Imperio Persa, cuando el emperador Darius I (550–486 a.C.) adoptó el Código Levítico como fuente de ley y con él la pena de muerte como castigo a aquellos hombres que «osaban» mantener relaciones con otros hombres. A pesar de que no se trataba de la primera criminalización de la homosexualidad, al parecer sí se trató de su primera vinculación con la pena capital.

La evolución del Imperio Romano significó, entre otras cosas, el cambio de la concepción de la homosexualidad. Este cambio fue, por cierto, bastante paralelo a la historia de su evolución religiosa. En sus primeros años, cuando el Imperio más famoso estaba dando sus primeros pasos como tal en el mundo, hasta sus emperadores practicaban abiertamente la homosexualidad. Tal es el caso de Nerón, Trajano o Adriano. Este último incluso llegó a otorgar el estatus de divinidad al hombre que amaba, quien murió joven en extrañas circunstancias. Pero adoptado el Cristianismo, esa Roma gay-friendly se disolvió y empezarían a promulgarse leyes en contra de estas prácticas sexuales y románticas. Así, los hermanos emperadores Constancio II y Constante promulgaron la primera ley en contra de los matrimonios entre personas del mismo sexo en el año 342. A esta ley le siguieron otras no mejores, como la que promulgaron en el 390 los emperadores Valentiniano II, Teodosio I y Arcadio, que condenaba a morir quemados a aquellos que fuesen pillados manteniendo relaciones homosexuales. Como ves, del amor al odio hay un paso y pocos siglos de diferencia.

A partir de ese momento, las cosas fueron a peor. No se puede decir que el Cristianismo fuese el germen de la homofobia, pero sí que esta religión, con su Inquisición y, posteriormente, con su aún más feroz Inquisición Española, fue un potente vehículo para ella a lo largo y ancho de Europa durante uno de los periodos históricos más brutales, la Edad Media. Los homosexuales básicamente se equiparaban al demonio. Incluso uno de los frutos culturales más famosos y celebrados de la época, La Divina Comedia, de Dante Alighieri, aparcaba a los sodomitas en uno de los círculos del infierno; y al borde del fin de la época, en 1432, se creó en Florencia, una ciudad por entonces relativamente tolerante, el primer «cuerpo de élite» dedicado a la persecución de los hombres que se acostaban con otros hombres: la Patrulla de la Noche.

No sería hasta el siglo XVIII que empezaran a alzarse las primeras voces públicas que abogaban por la descriminalización de la homosexualidad. Una de estas primeras voces fue la de Jeremy Bentham, pensador inglés que en su defensa de la libertad individual rompió una lanza a favor de este colectivo históricamente machacado. A la vez, algunos estados empezaban a, al menos, aligerar sus políticas en contra de la homosexualidad. Cerca del XIX, el Reino de Prusia eliminó la pena de muerte como castigo a la sodomía, y a lo largo de ese siglo otras naciones seguirían este ejemplo (aunque otras, como Rusia, se empeñarían en llevar la contraria fortaleciendo y promulgando nuevas leyes más restrictivas).

En esta centuria también, en 1869, se acuñaría el término «homosexual» y «heterosexual». Tal particular hito meramente lingüístico, aunque importante, lo llevó a cabo el activista Karl-Maria Kertbeny, quien había sufrido de cerca la barbarie homofóbica: uno de sus mejores amigos de la juventud recurrió al suicidio como única vía de escape ante un chantaje dada su condición de homosexual. Kertbeny defendió que la homosexualidad no era otra cosa que una variación dentro de la normalidad, no una enfermedad ni mucho menos un crimen. Debido a esta defensa, su tumba, en Hungría, se ha convertido en una especie de lugar de peregrinaje y celebración gay.

No obstante, no se puede decir que Kertbeny fuese el primer valiente. Dos años antes, en 1867, un hombre alemán ya había alzado la voz para pedir igualdad de derechos para las personas homosexuales. Y lo había acompañado de un acto muy valiente para la época, acto que hoy en día sigue siendo problemático para muchos y en muchos lugares: el de proclamarse públicamente gay. Se llamaba Karl Heinrich Ulrichs y es considerado pionero del movimiento por los derechos LGTB.

Por estos y otros avances, el siglo XIX puede considerarse un importante punto de inflexión en la historia de la homofobia. Surgirían en él y a partir de él movimientos en múltiples partes del mundo en pos de los derechos de los homosexuales. Estos movimientos aperturistas, empero, serían acompañados por otros fuertes movimientos represores contrarios procedentes del propio Estado y de los sectores de la sociedad más conservadores. Pero resistieron, y se convirtieron en los movimientos actuales y en la base de los avances sociales a este respecto que podemos disfrutar hoy en día. En España podemos estar de enhorabuena: somos el país más abierto a la homosexualidad o, dicho de otra manera, el país que más ha aprendido de los errores del pasado, al menos en este ámbito. No ha de permitirse que este récord nos vuelva cómodos. Aún queda mucho por mejorar.

Pero el avance social no fue fácil ni se vivió al mismo ritmo en todos los estratos sociales ni en todas las instituciones. Durante la mayor parte del siglo XX la homosexualidad, si no era perseguida con la misma crudeza anteriormente demostrada, al menos sí era tratada como una enfermedad, como un problema de salud mental y de salud pública. En Estados Unidos, la homosexualidad fue oficialmente una patología hasta 1973, año en que la Asociación Americana de Psiquiatría la eliminó como diagnóstico válido del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (el DSM por sus siglas en inglés, algo así como la Biblia de la psicopatología), no sin producir áridos debates dentro del seno de la Psicología y de la Psiquiatría que siguen dejando heridas abiertas, incluso en EspañaMás hiriente fue el caso de la Organización Mundial de la Salud, que no dejó de calificar a la homosexualidad como enfermedad hasta 1990, cuando la eliminó de la Clasificación Internacional de Enfermedades (o CIE, la otra Biblia de la psicopatología y de las patologías en general). Cuesta creer que nos haya llevado dos mil años volver al aperturismo que caracterizaba a Grecia y Roma en este sentido, con nuestros propios «emperadores» homosexuales, como lo fueran Nerón, Trajano o Adriano.

Las décadas del «tratamiento» contra la homosexualidad

La salida de la homosexualidad de los manuales oficiales de enfermedad parece un cambio meramente institucional, pero supone un cambio de auténtica importancia. Si la homosexualidad era una enfermedad, entonces, como un catarro, o un cáncer, podía ser curada. Es más, debía ser curada, erradicada y prevenida. Debido a ello, antes de su salida del DSM y del CIE, muchos profesionales de la salud volcaron sus esfuerzos en tratar de curar este «mal sexual».

La década de los 70 fue especialmente rica en cuanto a artículos y reportes sobre el tratamiento de la homosexualidad. Esta «enfermedad» fue abordada desde diversas perspectivas: la psicoanalítica, la biológica, la cognitiva, la conductual, etc. Lo que observamos hoy como aberraciones, en las décadas de los 50 a los 90 fue algo totalmente normal. Se trataba de una carrera similar a la de curar la depresión o las fobias.

La obsesión, por supuesto, era la de encontrar un fármaco, una simple sustancia, un jarabe o una pastilla que convirtiera a las personas homosexuales a la sana e higiénica heterosexualidad. En un breve artículo titulado Treatment of Homosexuality publicado en el British Medical Journal en 1958 se comenta que, en algunos casos, la administración de testosterona (la «hormona masculina») había resultado un efectivo «conversor de gays». También que el tratamiento con estrógenos (la «hormona femenina») había resultado efectivo para reducir la líbido de estos pacientes y, por tanto, su tendencia a comportarse como homosexuales. El diario, haciendo gala de una sabia parsimonia, avisa de que estos casos se trataban de informes aislados realizados con un único paciente (es decir, tristes n=1 en terminología científica).

En ese mismo artículo se habla también de los tratamientos psicológicos para la homosexualidad. El autor hace una pequeña revisión de la literatura disponible en la época y concluye que estos tratamientos sólo parecían funcionar en casos en los que la homosexualidad venía acompañada por retraimiento y vergüenza en el momento de tratar con mujeres o por neurosis. Al parecer, esos tratamientos no estaban «curando» la homosexualidad sino la fobia social asociada al sexo opuesto. También alude a otros reportes, en un tono, en general, bastante pesimista. Esta especie de primera review de la literatura científica sobre el tratamiento de la homosexualidad no lanzaba precisamente las campanas al vuelo.

Se llegaron a proponer técnicas de lo más variopinto para curar esta «enfermedad». Un artículo de 1963 publicado en el Journal of the National Medical Association y titulado Hypnotic-Aversion Treatment of Homosexuality propone una forma de curar la homosexualidad mediante hipnosis. La idea del autor era aprovechar el hecho de que, según él, los homosexuales son más sensibles a ciertos olores, gustos y sensaciones corporales, como las mujeres. Su propuesta terapéutica era la de utilizar esta sensibilidad especial como caballo de Troya para introducir en la mente gay una aversión a las conductas homosexuales. El método consistía en revivir pasadas reacciones de disgusto a estímulos intrínsecamente asquerosos como la orina o las heces para conectarlas mentalmente con el acto sexual homoerótico durante el trance hipnótico. El artículo incluye el relato de cuatro casos y sus respectivos tratamientos en los que la hipnosis fue efectiva. Aunque no queda muy claro si se habían «curado» o en realidad querían dejar de pagar a un terapeuta por hacerles revivir olor a heces…

Cualquier psicólogo del siglo XXI que leyese ese artículo probablemente diría que el «principio activo» del tratamiento no era la hipnosis en sí sino un «simple» procedimiento de condicionamiento aversivo. Si los pacientes tratados en verdad llegaban a reducir su conducta homosexual no habría sido por la presencia de la hipnosis sino por un proceso de aprendizaje clásico. Por supuesto, el Conductismo también estuvo presente en la historia del tratamiento para la homosexualidad, y con uno de sus herramientas más preciadas desde Pavlov: el shock eléctrico. Así es, en A systematic approach to the treatment of homosexuality by conditioned aversion: preliminary report, podemos ver cómo los autores explican un método basado en la Psicología del Aprendizaje para tratar la homosexualidad: dejaban mirar al paciente una fotografía de un hombre que le pareciese atractivo y, si tras unos escasos segundos éste no dejaba de mirarla, le aplicarían una desagradable descarga eléctrica. Se trata éste de un diseño bastante simple para lograr que el paciente asocie un hombre sexy con algo desagradable. Falta añadir que, una vez que el paciente retiraba la mirada de la fotografía del hombre atractivo, se le presentaba la fotografía de una mujer para que empezara a asociar el alivio por haberse librado de la descarga con la presencia de una fémina. Los autores reportan el caso de un paciente al que la aplicación del método logró reducir sus tendencias homosexuales. ¿O es que se aburrió de recibir descargas y prefirió la represión?

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