Última revisión del DSM de la Asociación Americana de Psiquiatría

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Es posible que en algún momento de tu vida hayas tenido auténtico pánico a hablar en público. Es posible también que tengas alguna que otra “manía”, como mirar dos o tres veces si has cerrado bien la puerta o el gas. Incluso, puede que alguna vez hayas pensado que dos personas desconocidas están hablando sobre ti.

Lo primero es un síntoma de fobia social. Lo segundo se conoce técnicamente como compulsión, característica del Trastorno Obsesivo-Compulsivo. Lo tercero es una idea autorreferencial, muy común en la esquizofrenia. Entonces, ¿estamos todos “locos”? La respuesta es claramente NO. La mayoría de las personas experimentamos estos “síntomas” en un momento puntual de nuestra existencia, pero por fortuna no padecemos ningún trastorno mental. Entonces, ¿dónde está la línea que diferencia a una persona mentalmente sana de otra que padece un trastorno mental? Difícil pregunta y difícil respuesta, ya que, desgraciadamente, esta línea es tremenda y peligrosamente subjetiva y arbitraria.

LA LINEA ENTRE LO NORMAL Y LO PATOLÓGICO

En primer lugar, establecer la línea entre lo normal y lo patológico es peligroso por las implicaciones vitales que tiene para una persona, el hecho de ser diagnosticada como “enfermo mental”, destacando el estigma que existe en torno al trastorno mental (mitos sobre la agresividad de los esquizofrénicos, de su incapacidad para trabajar, por ejemplo) o el impacto en la salud, debido a la medicación que recibirá tras el diagnóstico (efectos secundarios).

En segundo lugar, esa línea entre lo normal y lo patológico es subjetiva porque las enfermedades mentales no son como cualquier enfermedad física. Las enfermedades físicas suelen detectarse por signos patológicos objetivos, mientras que la mayoría de los trastornos mentales sólo pueden detectarse mediante indicadores subjetivos, es decir, síntomas que nos refiere el paciente, cosas que sólo ellos pueden decirnos (estoy triste, escucho voces, estoy seguro de que mi mujer me quiere envenenar, etc.)

Asimismo, dicha línea es arbitraria, porque quienes la establecen son una serie de personas encargadas para tal fin. La primera vara de medir de cualquier clínico es un manual de criterios diagnósticos, para los psiquiatras el DSM-V (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders) de la Asociación Americana de Psiquiatría (aunque existen otros como la CIE-10 de la Organización Mundial de la Salud). Este manual contiene una descripción sintomática de cada trastorno mental, delimita el número de síntomas que tienen que presentarse y la duración del mismo, para aplicar la categoría.

Por ejemplo, para un trastorno depresivo mayor tienen que darse cinco (o más) síntomas de la lista que aparece en el manual, durante, al menos, dos semanas. ¿Y por qué no cuatro semanas o seis síntomas? Como os decía, se trata de criterios absolutamente arbitrarios.

Y, por si fuera poco, aparte de que la confección del manual depende de criterios arbitrarios, también influyen el contexto socio-histórico y la industria farmacéutica.

INFLUENCIAS SOCIO-HISTÓRICAS Y DE LA INDUSTRIA FARMACÉUTICA SOBRE DSM.

Para comprender el factor de contexto histórico y social tenemos que echar la vista atrás y analizar los diferentes trastornos mentales que aparecían en las primeras ediciones de DSM. En épocas pasadas las personas homosexuales eran perseguidas y castigadas, no obstante a mediados de siglos esta tendencia cambió y se incluyó en la primera edición de los trastornos mentales del DSM. Los homosexuales ya no debían ser castigados, debían ser medicados. Conforme iban sucediéndose las ediciones, la consideración de la homosexualidad como trastorno mental se iba suavizando, y pasó de ser un trastorno de personalidad a un trastorno psicosexual, hasta que en la cuarta edición se hace referencia al trastorno pero sin usar el término homosexualidad. Finalmente, en el DSM-V la homosexualidad deja de ser considerada un trastorno mental, y sólo se hace referencia a ella en la categoría denominada “Blanco (percibido) de discriminación adversa o persecución” que se aplica (entre otras), cuando una persona homosexual siente que está siendo discriminada por su orientación sexual. Este ejemplo ilustra perfectamente como las circunstancias históricas y los estereotipos culturales han ido dando forma a las diferentes ediciones del DSM.

Por último, y posiblemente más importante, aparece en escena la voraz industria farmacéutica. Es sorprendente el incremento en el número de trastornos mentales que va apareciendo en las ediciones sucesivas del DSM. En este sentido, Allen Frances, encargado de liderar el equipo de trabajo del DSM-IV-TR (en la última edición no ha participado) declaraba en una entrevista lo siguiente: “Hace seis años coincidí con amigos y colegas que habían participado en la última revisión y les vi tan entusiasmados que no pude por menos que recurrir a la ironía: habéis ampliado tanto la lista de patologías, les dije, que yo mismo me reconozco en muchos de esos trastornos. Con frecuencia me olvido de las cosas, de modo que seguramente tengo una predemencia; de cuando en cuando como mucho, así que probablemente tengo el síndrome del comedor compulsivo, y puesto que al morir mi mujer, la tristeza me duró más de una semana y aún me duele, debo haber caído en una depresión. Es absurdo. Hemos creado un sistema diagnóstico que convierte problemas cotidianos y normales de la vida en trastornos mentales”.

Por otra parte, siempre se ha cuestionado el conflicto de intereses de los investigadores que elaboran el DSM. Un estudio de la Universidad de Massachusetts (USA) estudió las relaciones financieras entre miembros del equipo de trabajo de DSM y la industria farmacéutica, y encontró que de los 170 miembros del panel DSM, 95 tuvieron una o más relaciones financieras con la industria farmacéutica. Además, el 100% de los miembros que componían el panel de “Esquizofrenia y otros trastornos psicóticos” y “Trastornos del estado de ánimo” tenían relaciones financieras con la industria. Los principales vínculos financieros entre miembros del equipo de trabajo del DSM y las farmacéuticas fueron los fondos de investigación (42%), consultorías (22%) y conferencias (16%).

Por tanto, cabe preguntarse si este nuevo DSM-V es realmente un manual empírico basado en la investigación o una carta de presentación de las farmacéuticas basado en intereses económicos.

Como mencioné anteriormente es difícil definir qué es un trastorno y qué no lo es. Más allá de eso, es fundamental que, en próximas ediciones, los equipos encargados de elaborar el DSM sean personas neutrales, es decir sin conflictos de intereses, cuyo único objetivo sea crear un manual útil para los profesionales y para la sociedad en general. En las manos de los divulgadores científicos y los profesores universitarios, está educar a los profesionales de la salud mental desde un punto de vista crítico, que entiendan que el manual DSM es un artefacto. Las personas con alteraciones mentales no son etiquetas andantes, son personas con problemas, como los podemos tener cualquiera, con sus historias, sus antecedentes y sus deseos.

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