¿Y si tu paciente te dijera que ya está muerto?

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«Veinte días antes de la admisión en nuestra unidad, el paciente se negaba a comer. Decía que la comida estaba tan podrida como él. De nuevo, estaba ansioso, pedía ayuda a sus familiares. Decía que había gente que quería matarlo. Escuchaba ruidos estruendosos y gritaba que las caras de la gente estaban borrosas. Decía que estaban borrosas porque ellos ya estaban muertos […].

Siete días antes de la admisión a nuestra unidad, el paciente decía que ya estaba muerto. Que su estómago no funcionaba, que su hígado estaba descompuesto, que su cerebro estaba paralizado y que en su cara no había sangre. Decía que los ruidos que escuchaba habían adquirido forma, que se habían convertido en voces demandantes que le pedían que dejara el mundo, que él era el mal».

Las líneas anteriores parecen sacadas de una novela de terror digna de Stephen King o del guión de una película de esas que te erizan el vello, de la típica escena en la que un científico loco describe a su grabadora los escarnios que ha hecho con un pobre sujeto desprevenido que ya no sabe distinguir lo que es real de lo que no. Pero lo cierto es que forman parte de algo más perturbador: de la realidad, de la historia clínica. Están tomadas de uno de los pocos estudios de caso existentes de un extraño síndrome cuya naturaleza es capaz de ponernos la piel de gallina más allá de lo que consiguen películas y libros. Hablamos del Síndrome de Cotard.

El Síndrome de Cotard es la designación con la que contamos para describir a pacientes que presentan una constelación de síntomas capaz de hacer abrir los ojos como platos incluso a médicos, psiquiatras y psicólogos entrenados. Se trata de un trastorno que a veces es referido en medios no especializados, con bastante tino pero con dudosa elegancia, como el del «paciente zombi» o como el síndrome del «cadáver caminante» («the walking corpse syndrome»). ¿Pero qué hacen los pacientes de Síndrome de Cotard para ganarse tal bautizo? El extracto del primer caso reportado de Síndrome de Cotard, en 1880, por el neurólogo francés Jules Cotard, nos entrega más impresionantes pistas:

«Madmoiselle X afirma que no tiene cerebro, ni nervios, ni pecho, ni estómago, ni intestinos; que sólo tiene la piel y los huesos de un cuerpo en descomposición. No tiene alma, para ella Dios no existe; tampoco el demonio. No tiene más que un cuerpo en descomposición, por lo que no tiene que comer para vivir. No puede morir de causas naturales y existirá eternamente si no es cremada. El fuego es la única solución para ella».

Esta enfermedad mental rara puede definirse como la presentación de un conjunto de ideas delirantes acerca de la propia existencia. Entre ellas suelen estar el delirio nihilista, o el convincente sentimiento de que uno no tiene órganos o cuerpo, de que uno ya está muerto o de que todos los demás están muertos; el delirio de inmortalidad o la profunda creencia en que uno no puede morir porque ya está muerto; el delirio de hipocondría o la firme convicción de que uno padece una enfermedad grave; y el delirio de dismorfia o la creencia de que el cuerpo de uno está deformado.

De todos ellos, los síntomas más comunes, según una revisión de 100 casos, son la negación del propio cuerpo (86%), la negación de la propia existencia (69%), el delirio de hipocondría (58%) y el de inmortalidad (55%). El paciente mantiene estos pensamientos como verdaderos, no los identifica como imposibles. Cree que está muerto o que no tiene cuerpo, que ya está en el infierno, en el cielo o en el limbo; o que se está descomponiendo, pudriendo desde las entrañas hacia afuera en un inexorable camino hacia la muerte. También se tiene registro de una paciente que negaba su evidente embarazo y de otra que afirmaba haber «dejado atrás» partes de sí misma, que confesaba no poder andar porque «la mitad de su cuerpo sigue en la cama».

Como suele ocurrir con los síndromes mentales, la etiología es diversa y misteriosa. Se han identificado multitud de casos en que esta extraña «ensalada de delirios» es secundaria a trastornos del estado de ánimo, en concreto depresiones, o a trastornos de ansiedad. El síndrome también se ha «cazado» apareciendo seguido a alguna lesión cerebral o a otros diagnósticos tan diversos como la demencia, esclerosis múltiple, Párkinson o la esquizofrenia, siendo esto último lo que ocurrió en el paciente de los terroríficos párrafos iniciales. En otros casos, como el de esta paciente española, en cambio, el síndrome no es secundario a ninguna otra enfermedad o lesión. Aparece porque sí.

El pronóstico para estos pacientes es complicado de determinar. Depende en buena parte de la gravedad de sus creencias. Algunos han llegado hasta a procurarse su propia muerte, como ocurrió con el mencionado primer caso documentado de Síndrome de Cotard, el de Madmoiselle X, quien, convencida de que no tenía por qué comer, ya que estaba muerta, terminó por morir de hambre. En otras ocasiones, la remisión del síndrome es espontánea.

Entre las terapias recomendadas se hallan los fármacos antidepresivos y antipsicóticos y la terapia electroconvulsiva, siendo esta última la de preferencia; aunque el tratamiento se recomienda ajustado a la exploración del caso particular.

El Síndrome de Cotard es una enfermedad rara mental. Su incidencia es muy inferior al 1% y, de hecho, no existen estudios epidemiológicos sobre este trastorno debido a la complejidad de su diagnóstico. Puede que durante tu carrera como profesional de la salud nunca llegues a toparte con un paciente de este tipo, pero su existencia nos enseña una cosa: que los que estamos en esta «línea de fuego» debemos estar preparados para enfrentarnos a las cosas más extrañas y mantenernos estoicos ante ellas, incluso cuando parezca que la realidad se ha convertido en una película de miedo.

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