Javier Sádaba: una bioética contra el sufrimiento

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Hoy presentamos el segundo capítulo de la serie sobre los bioeticistas más influyentes en España (publicado por la revista de referencia en calidad asistencial, Journal of Healthcare Quality Research). Si el pasado mes de mayo presentábamos la figura de James Drane, hoy le toca el turno a Javier Sádaba (Portugalete, 1940).

La bioética es una ética aplicada, por lo que los científicos (en ética clínica, los sanitarios) tienen que trabajar con los filósofos. Los primeros aportan los datos y problemas, mientras que los segundos ayudan en la reflexión moral. El filósofo que posiblemente ha trabajado más en este ámbito en España es Javier Sádaba. El núcleo de su pensamiento bioético lo encontramos en la trilogía Hombres a la carta. Los dilemas de la bioética (1998), La vida en nuestras manos (2000) y Principios de bioética laica (2004). Su obra bioética es amplia, abordando desde cuestiones teóricas, como el fundamento de la ética, hasta temas específicos de lo más diverso, como genética, neuroética o incluso ética  animal.

Sádaba señala que el desarrollo científico aplicado, no solo en medicina, está produciendo un cambio sustancial en la concepción del ser humano y por ello es necesaria una ética “a la altura de nuestro tiempo”, proyectada especialmente en forma de bioética. Postula que existen dos campos cardinales en bioética:

  • 1/ La ética de las ciencias de la vida, como reza la propia etimología del término (bio-ética), especialmente de la biología, y surge como consecuencia del desarrollo de la biología y las nuevas biotecnologías. A este campo le concede especial importancia, afirmando que será trascendente para el futuro de la especie humana: «buena parte de los problemas morales que nos esperan a la vuelta de este nuevo milenio tendrán que ver con los progresos y las aplicaciones de la biología molecular».
  • 2/ La ética de la medicina y su correlato, la salud, ámbito en el que ha establecido una lucha contra el sufrimiento evitable que no sea necesario.

Los rápidos cambios en estas dos áreas convierten a la bioética, según el filósofo, en un dominio especialmente complejo, de manera que la ética tiene que “estirarse” más lejos de sí misma para conocer los problemas y, sobre todo, darles una respuesta adecuada.

Bioética  como  ética  procedimental

Para Javier Sádaba la ética que se puede hacer en bioética tiene que ser procedimental. Esta “no aspira a verdades absolutas, sino que se basa en el acuerdo de los que en dicha moral participan”, a diferencia de la ética sustantiva, que “se apoya en verdades que no dependen de los acuerdos en cuestión, sino que se toman como autónomas. Son verdades y punto”. Apostilla que “a la hora de hacer bioética solo disponemos, sin embargo, de una moral procedimental y no de contenido”. Sádaba aspira a que la bioética constituya un camino (un procedimiento) para reflexionar y adoptar buenas decisiones, no a que instaure un conjunto de fórmulas que establezcan el bien concreto de cada acción moral.

Concepción  gradual  de  la  bioética

El ser humano está cerca de otras especies, por lo que Sádaba defiende que no hay que hacer una “bioética exclusivamente humana”, sino una ética global que incluya a otras especies. La nueva moral tendrá que recoger, en primer lugar, el sitio real del ser humano en el mundo, algo que se ha visto trastocado por el conocimiento. A la luz de la ciencia nuestra especie se ve obligada a hacer un ejercicio de humildad y acabar así con el “especeísmo, esa patología consistente en pensar que porque se es distinto se es, inmediatamente, superior en todo”. De esto se deriva lo segundo, “una concepción gradual de las cosas», rompiendo con la «tradición teocéntrica que, narcisistamente, nos hace contemplarnos como semejantes a Dios. Y nos impide tratar al resto de los seres de modo gradual”. No estamos aislados en el universo y una bioética que responda a los nuevos retos tecnológicos debe ser global y gradual, no “narcisistamente humana”.

Más allá del deber: por una bioética afirmativa

Sádaba advierte del desvío de la bioética, que nació “como mejora de las condiciones de vida de todos los seres vivos y, especialmente, de los seres humanos”. La bioética se ha ido “arrugando”, transformándose “en una ciencia de los límites en lo que atañe a la investigación”, pasando así de una ética del bien a una mera ética del deber. La bioética se ha quedado el cálculo de las mejores consecuencias y de los principios a considerar, no es una disciplina que persiga el bienestar y la felicidad. La inclinación de la balanza moral hacia el deber se impone por los numerosos miedos que nos atenazan y porque determinar el deber resulta infinitamente más sencillo que elaborar el bien. El deber se asume sin necesidad de reflexionar y optar, mientras que para alcanzar la felicidad hay que ejercer la libertad.

Para el autor, una ética completa debe mantener íntimamente interrelacionados el deber y el bien. Además de conocer las normas y límites (los deberes), hay que construir una ética afirmativa orientada a mejorar las condiciones de vida. Aplicando esta perspectiva a la medicina, señala: “ser autoconscientes intersubjetivamente, intentar aprovechar los posibles bienes de la biociencia, aumentando al mismo tiempo en autonomía, es uno de los ideales”.

No sufras más

La bioética afirmativa de Sádaba va de la mano de su lucha contra el sufrimiento innecesario y evitable. La medicina tiene que procurar, ante todo, evitar el sufrimiento, y considera que es perverso prolongar un sufrimiento inútil; porque el sufrimiento carece de sentido y, además, sufriendo es difícil ser feliz. Para entender su argumentación mostramos parte del artículo Recuerdo vivo: “Desconocemos los grados de conciencia de un moribundo y, así, la tortura que podría causarle verse aproximarse a un inevitable final. Por otro lado, un enfermo despidiéndose de sus seres queridos puede llegar a parecerse, contra tanta falsa evidencia, a un reo expresando su última voluntad. A algunos les sonará entrañable. Otros sospechamos que es un sufrimiento añadido al físico que, por atenuado que sea, es difícil que desaparezca del todo”.

Su lucha contra el sufrimiento no se establece únicamente en razón del dolor del enfermo terminal, sino que lo amplía a todos los campos de la medicina, desde la investigación biomédica hasta las células madre, desde la relación clínica hasta la eutanasia. Su perseverancia en este propósito le ha generado un instinto selectivo para ir descubriendo en cada momento qué terreno era el más favorable para dar la batalla por el ser humano, siendo la bioética un espacio propicio para ello. Podríamos afirmar que, en cierto sentido, la bioética de Sádaba es una bioética contra el sufrimiento.

Autores: B. Herreros, M. del Olmo Ibáñez, D. López Wolf, E. González, E. Pintor y O. Márquez

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