Deleción del gen sanitario

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“Felicidades estudiante. Ha conseguido usted entrar en medicina.” Todos los que alguna vez leyeron o escucharon estas palabras las recuerdan con un cariño especial. Los principios de la bioquímica se pueden olvidar, pero estas palabras no. A cada uno de vosotros se os vendrá a la memoria una situación diferente, cada uno reaccionó en su día a su manera: saltando encima de la cama, gritando como si se acabara el mundo, abrazando al primer desconocido que os pasara por delante o como en mi caso, preguntándome dónde narices se encontraba en el mapa la universidad en la que me habían aceptado. Y allí nos presentamos el primer día, en aquel sitio donde todos parecían mucho más mayores y mucho más listos que nosotros.

Los afortunados fueron acompañados de algún conocido, los que como yo entramos solos y más desubicados que un pulpo en un garaje, tuvimos que armarnos de valor para cruzar la puerta de un aula llena de desconocidos. Desconocidos que dejaron de serlo en unas semanas, bichos raros entre los que finalmente nos sentimos integrados y a los que acabamos cogiendo cariño y tirria. Ya eres un universitario y de medicina nada menos. Eres feliz entre los libros de anatomía, las salas de disección son tu punto de encuentro friki preferido y el café comienza a tener otro sabor.

Y de pronto algo no encaja. Llámalo estrés, llámalo suspenso repetido, llámalo profesor de prácticas insoportable empeñado en evidenciar lo ignorante y patético que eres, llámalo como quieras…pero dejas de sentirte tan feliz. La biblioteca ya no es un lugar donde refugiarte, la sala de disección te produce náuseas, empiezas a odiar el temario que un día te pareció tan interesante y los compañeros de clase son un recordatorio constante de lo bueno y feliz que deberías ser y que, sin embargo, no eres. Entonces te preguntas: ¿Y si yo no valgo para esto? ¿Y si no quiero ser médico? ¿Y si en el fondo no es esta mi carrera? ¿Y si me he equivocado? ¿Qué hago yo ahora, con todo lo que me ha costado entrar? Las dudas se te atragantan en el cardias y no te dejan entrar en fase REM por las noches.

Un dato: no eres el primero que lo ha pensado, ni serás el último, ni será esta la última vez en la carrera que lo pienses. Algunos de los que leéis esto es muy probable que me tachéis de desagradecida (“¡con toda la gente que quiere estudiar medicina y no puede!”) y os parecerán absurdas estas dudas porque tendréis una vocación férrea por esta profesión; pero el caso es que yo no tengo mi futuro tan claro y creo que no estoy sola. Seamos realistas, la carrera dura seis años, seis duros y largos años, ¿tan descabellado es dudar de tu elección?

Yo no crecí entre médicos, en mi familia lo más cercano que hay al medio sanitario es mi madre intentando resucitar las macetas; yo no me pedía la Barbie doctora, yo me pedía la sirena y mi primer fonendo me lo regalaron después de un semestre de prácticas. No supe que quería entrar a medicina hasta los 17 años y opté por esa carrera por la sencilla razón de que no me apetecía ninguna otra (no porque quisiera ayudar a todo ser humano de este planeta). Crucificadme si queréis, pero os aseguro que después de pasar tanto tiempo rodeada de estudiantes de medicina y médicos consagrados, os digo que la razón humanitaria es la que menos prevalece en la elección de la carrera.

Obviamente, todos os dirán que entraron porque querían ayudar a la gente y sacrificar sus vidas por el prójimo; esto es lo bonito, lo que queda bien y lo que si no dices te miran mal. Se callan que entre las razones de estudiar medicina también está el prestigio que da, la estabilidad de una profesión con poco paro, la consagración de una línea familiar de médicos, las ansias por el saber, por diagnosticar o por cortar a otro ser humano sin levantar sospechas…y sí, curar a la gente también, pero como consecuencia de lo anterior.

Sea cual sea la razón que te motivó a estudiar medicina, llegará un momento en que te plantearas si fue la elección correcta. Frecuentemente en la ducha, después de la tercera matrícula de una asignatura inaprobable, cuando te desmayes en un quirófano o cuando hagas prácticas en una especialidad determinada. He aquí lo que tienes que saber y que nadie te dice: ¡ES NORMAL! Es totalmente fisiológico cuestionar tus elecciones, al igual que es lógico cuestionar un diagnóstico por muy claro que te parezca. Es sano meditar sobre tus decisiones, especialmente si estas implican unos recursos y esfuerzos tan importantes. Pero cuando sientas que esto no es lo tuyo o que el gen sanitario que tenías al inicio se ha perdido por la falta de sueño, piénsatelo dos veces antes de tirar la toalla.

Medicina es una profesión con infinitas posibilidades: que no se te da bien el contacto con otro ser humano, bueno, también se necesitan anatomopatólogos; que sientes que te aburrirías en una consulta, pues para algo existen los traumatólogos de urgencias; que los hospitales te parecen sitios muy tristes, dedícate a repartir sonrisas y felicidad en pediatría; que lo que de verdad te gusta es viajar y ver el mundo, pues quién dijo que tuvieras que quedarte a ejercer en tu país… El abanico de salidas que te va a ofrecer la carrera es considerablemente amplio y es muy complicado que no encajes en ninguna.

Asique cuando te parezcan los fantasmas de tus dudas, relájate y respira hondo. Puede que para que se active tu gen sanitario necesites pasar una temporada en cardiología y todavía ni tú mismo lo sepas. Además siempre puedes dedicarte a otra cosa cuando acabes la carrera, tiempo hay de sobra. Pero por ahora sigue estudiando, céntrate en los retos que tienes delante y olvídate de los problemas futuros hasta que tengas que lidiar realmente con ellos. Porque cuando encuentres tu sitio en este mundo de batas blancas y mascarillas se te activará el gen sanitario y ayudar a los demás dejará de ser un fin secundario para pasar a un primer plano.

Una vez activado este gen cuentan que encuentras tu vocación, que de repente todos los sacrificios que hiciste valdrán la pena, que el peso del cansancio pasará a ser relativo, que las personas dejarán de ser valores en una analítica y empezarán a ser seres humanos que dependerán de ti, que confiarán en ti y por los que te desvivirás…que llegará el momento en el que te sentirás realmente un médico. O eso dicen, porque a día de hoy, en sexto, yo sigo teniendo mis dudas; la gran diferencia es que ya no dejo que me asfixien. En lugar de eso, sigo estudiando e intentando dar lo mejor de mí en cada curso… y quién sabe si al final acabo dedicándome a resucitar macetas después de todo, ¿tan malo sería?

¿Y vosotros? ¿Tenéis dudas o traéis en gen activado de fábrica?

¿Alguna vez habéis sentido que vuestra vocación se diluía o cada vez estáis más convencidos de que esta es vuestra profesión?

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