Catálogo de patología bibliotecaria. Parte 1

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La mayoría de nosotros empieza la carrera estudiando en casa, al fin y al cabo es lo que hemos hecho toda nuestra vida, pero conforme vamos avanzando en la carrera se nos abre una nueva posibilidad: las bibliotecas. Pueden parecer de entrada el lugar perfecto para quedarse, vivir y ser feliz cual perdiz; hay silencio, hay buena iluminación, hay libros por doquier y se está calentito en invierno. Pero no os engañéis, otros cientos de alumnos también han tenido la misma idea que vosotros y conforme pasan los meses y se acercan exámenes pueblan ese remanso de paz que habíais encontrado y lo trasforman en una jungla. He aquí algunos de los desagradables individuos que os encontraréis y con los que tendréis que aprender a convivir:

La Ardilla diabética:

Estos odiosos roedores se encuentran por docenas en las bibliotecas y lo peor es que se reproducen. Parecen gente normal, como tú y yo, llevan sus libros, sus estuches, se sientan y permanecen calladitos. Pero sin previa señal sacan de su mochila una bolsa de comida. Es imprescindible que la comida sea la más ruidosa que se pueda comprar en la tienda. En ese momento, los que ya somos conocedores del espécimen que vamos a contemplar, suspiramos por la que se nos viene encima. Y es que delante de nuestros ojos, esa persona normal digievoluciona en Alvin la ardilla y comienza a  roer como tal. ¡Por dios que es una galleta no un tronco de madera! Todavía peor si son alimentos con envoltorio tipo caramelos  o cosas masticables hasta el infinito como los chicles. El colmo de esta situación se produce cuando la ardilla tiene amigas a los lados y comparten la comida. En tu cerebro dejará de entrar información y te encontrarás a ti mismo calculando cuánto tiempo tardará esa persona en convertirse en diabética si sigue engullendo chucherías a ese ritmo.

El  Malabarista atáxico:

No sabes muy bien qué carrera estudia, pero da igual, sea la que sea, no es la correcta. La vocación de esa persona era estar en una pista rodeada de luces con un gran letrero que rezara: pasen y vean. ¡Qué habilidad para mover el bolígrafo! En serio ¿de dónde saca los dedos?, que yo solo tengo cinco. ¿Qué ha sido de las leyes de la gravedad? Y claro, tú intentas concentrarte pero sin querer tu visión periférica se distrae esperando que ese bolígrafo deje de rotar y caiga, pero no, ahí sigue vuelta tras vuelta. No obstante, de un malabarista experimentado puedes escapar centrando mucho tu vista en el papel, de su versión principiante no. Es exactamente igual que el otro, pero  está en prácticas y por las veces que se le ha caído el condenado bolígrafo, bien se podría diagnosticar de ataxia severa. De manera que te tocará sufrir una y otra vez el ruidito del bolígrafo sobre la mesa hasta que al malabarista se le cansen los dedos o tenga la necesidad de utilizarlo para lo que está hecho, escribir.

Doña pies cavos:

Sientes verdadera curiosidad por ver la radiografía de esos piececitos. Quién sabe, a lo mejor estas odiando sin motivo a una pobre chica que sufre de arco plantar alto y en lugar de plantillas lo compensa usando tacones a diario. Pero si no es así, esa chica tiene un lugar en el infierno reservado para ella. Da igual que lleves tapones para los oídos, notarás el retumbar de las baldosas de la sala cada vez que hace su aparición en escena. Tu única esperanza es que esa aspirante a modelo no se levante demasiado de su sitio y  se siente cerca de la puerta para que el desfile sea corto.

Los Cardiomegálicos:

A ellos el corazón no les cabe en el pecho y su obligación es que todo el mundo lo sepa. Te tocará contemplar todo tipo de demostraciones tan empalagosas que harían que el mismísimo Cupido se lo pensara dos veces antes de volver a tirar una flecha: besos (con y sin lengua), mimitos, cosquillas, caricias varias, miraditas de “no, yo te quiero más”, notitas de amor, risitas tontas… Un consejo personal, si acabáis de sufrir una ruptura sentimental o estáis en modo “he perdido la fe en las relaciones”, cambiaros de sitio, porque no solo os distraerán, sino que además acabaréis de muy mal humor y queriendo estrangularlos con el fonendo.

El Hemorroidal:

Los anuncios mienten, no es una patología que se sufra en silencio. A esta persona parece que le quemara la silla como si tuviera unas hemorroides en grado IV, no encuentra su postura ideal. Se sienta normal, luego sobre una pierna, sobre la otra, de cuclillas, a lo indio, en el borde, de medio lado… yo he llegado a ver gente estudiando en posturas tan raras que posiblemente convalidarían varios cursos de yoga. Obviamente su silla se mueve con ellos y tu concentración se ve minada por el desagradable chirriar del mueblecito. Además se puede combinar con una versión prostática que se levanta al baño cada 15 minutos. Lo dicho, el pobre individuo sufre de  actividad perineal agitada.

El Tumor metastásico:

Algunas bibliotecas tienen cubículos separados para cada estudiante, pero lo más frecuente es que simplemente sean mesas con varias sillas y cada alumno tenga un espacio aproximadamente similar al resto de ocupantes de la mesa. ¿Razonable verdad? Pues no. Dicho concepto es incomprensible para este individuo. Como si se tratara de un anaplásico en estadio IV, comienza su expansión en cuanto ve la oportunidad. Da igual que él ocupe tres cuartos del espacio y tú la esquinita, es el amo y señor de esa mesa y si intentas arrebatarle unos centímetros te puede morder. Así pues no te queda otra que acomodarte en tu rincón y rezar para que los subrayadores no se te caigan.

El Ventolin:                                   

Este ser tiene complejo de aerosol y al igual que el Salbutamol, espolvorea a demanda. Cosa que le molesta, cosa a la que responde con un “¡shhhhhh!”. Puede que no te hayas percatado de cuál ha sido la perturbación que ha desatado su ira, pero lo que sí oirás será su impaciencia trasformada en onomatopeya. Creedme, los hay que chistan a decibelios de campeonato y en más de una ocasión molestan más ellos que la gente por la que protestan.

El Parkinsoniano:

Si la torpeza fuese oro estaríamos ante el Bill Gates de la biblioteca. Este pato con vértigos arrasa con todo lo que encuentra a su paso. Es como el caballo de Atila en versión moderna, por donde pisa no queda cargador vivo. Como buen paciente Parkinsoniano presenta la triada clásica: temblor (extremar el cuidado si sostiene líquidos, pueden quedarte los apuntes con un tono café muy retro pero ilegibles), bradicinesia (no solo tira las cosas, sino que además tardará un rato en reaccionar y recogerlas) y rigidez (concretamente facial, la cara de póker que se le queda después de haberla armado muy gorda, esperando que no lo haya visto todo el mundo y camuflándose de nuevo en la maleza).

No te pierdas la semana que viene nuevos tipos de individuos que te puedes llegar a encontrar en ese sitio tan habitual para un estudiante como la biblioteca.

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