La falta de valor para admitir nuestro carácter científico

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El término “científico” designa más un estilo de vida que un estatus personal otorgado por interminables horas de laboratorio y algunas publicaciones.

El estudiante de medicina ya es científico desde los inicios de Bachillerato: el pensamiento analítico, la elaboración de hipótesis, el ensayo – error … todo ello es prueba de la forma de pensar que se está gestando.

En efecto, ya somos científicos, pero todavía no estamos dispuestos a asumir las consecuencias de ello. ¿Sería impensable que pudiésemos descubrir algo de valor a estas alturas?

Parece que un salario y una acreditación oficial son las únicas “barreras” que nos separan de la definición socialmente aceptada de científico. Esta línea imaginada trazada por nosotros mismos, nos impide ver que todo el peso de la investigación debería recaer sobre nuestros hombros, nuestras mentes moldeables y nuestra agilidad mental, claramente mayores que las de un investigador que nos dobla la edad y está dedicado a una parte muy específica de una materia, siendo esta especialización la que les ayuda a traer el pan a casa, pero a su vez la que actúa de anteojeras para la visión global y holística de una materia determinada.

La investigación no es algo distante, la Universidad nos brinda muchas oportunidades para iniciarnos en el mundo de las publicaciones. Lo que la Universidad ignora, es que somos una amalgama de conocimientos, muy cuidadosos con el tiempo que tenemos (demasiado, a veces), y que, evidentemente, no vamos a invertir esfuerzo y horas en un tema del que todavía no estamos seguros que nos interesa.

Estamos en la flor de la vida y la creatividad e innovación no se quedan atrás. Podemos probar con cualquier tema, no hay presión, no hay un sueldo que ganar, no hay financiación que buscar, no hay excesivos intereses personales. Cualquier forma es buena para empezar: desde valorar la variabilidad de las venas del antebrazo, pasando por una encuesta que mida el nivel de estrés de los estudiantes al entrar en la sala de disección por primera vez o terminando por hacer una PCR en el departamento de bioquímica.

Ahora bien ¿y si el estándar universitario ha cambiado? ¿y si investigar no es la prioridad? ¿y si lo que se lleva ahora es salir de fiesta de forma perpetua y sacarse la carrera entre tanto?.

Me parece que el objetivo principal no es recuperar el espíritu científico (espíritu que ya llevamos impreso a fuego por estudiar medicina), sino el amor por el conocimiento.

El amor desinteresado del que busca conocer para saciar los huecos que deja una “clase magistral”, en la que no hay tiempo para dudas, en la que todo se reduce a un proyector y en la que no es rentable enterarse de lo que no entra en el examen.

Amor que nos haga ver que este es un momento único para conocer todo lo que nos plazca en profundidad, hay tantas preguntas sin resolver en el vasto mundo de la medicina, tantos porqués sin respuesta y tantas explicaciones esperando a ser pensadas.

Forjar el carácter científico no es diferente a esculpir el bloque de mármol usado para rescatar al “David” de Miguel Ángel. Solo hace falta ejercitar la mente, no usar el cincel.

Ravi Vazirani Ballesteros.

3º curso del grado en medicina de la Universidad Complutense de Madrid.

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