¿Sobramos las bibliotecas?

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Con las salas de lectura semivacías (excepto en los centros académicos, donde la mayoría de los lectores acuden más por estudiar sus apuntes y preparar sus exámenes que por consultar libros y revistas científicas), con los usuarios consultando Google desde el amanecer al anochecer (y también muchas noches en vela) y los médicos emulando a Gregory House  (recibiendo inspiración infusa de Galeno o de Hipócrates), los bibliotecarios tenemos la sensación de ser una especie en extinción con unos espacios (nuestras salas de lectura y nuestros depósitos) destinados a nuevos usos y recluidos, como los personajes de Tron a nuestras bibliotecas virtuales.

Muchos de nuestros usuarios son ya autosuficientes: ellos se lo buscan, ellos se lo encuentran, ellos se lo leen, ellos se lo guardan en sus gestores bibliográficos y ellos se lo difunden a través de sus blogs y similares (el síndrome de Juan Palomo, ahora rebautizado como efecto IKEA, y sin instrucciones de construcción). Luego no nos necesitan prácticamente para nada. Bueno, sí, para que las suscripciones de los recursos electrónicos estén a punto, actualizadas y funcionando sus enlaces correctamente.

Las nuevas tecnologías (¿Siempre son nuevas? ¿Cuándo dejó de ser nueva la imprenta o la máquina de escribir?) han abducido felizmente a nuestros usuarios, reacios a abandonar su vieja costumbre de leer en la biblioteca los ejemplares de sus revistas científicas en formato impreso. Ahora no cesan de consultar esas mismas revistas en su formato electrónico porque pueden acceder directamente a ellas (mediante la suscripción de su institución) y a sus textos completos las 24 horas del día los siete días de la semana, ya estén trabajando en el hospital, vivan en Alcorcón o visiten Sebastopol; pueden leerlas con el portátil, el móvil o la tableta, y configurar alertas que les avisan periódicamente del último artículo publicado (primicia que recaía en el personal de las bibliotecas).

Los usuarios (tiempos cambian) cada vez son menos convencionales, y no estamos hablando solamente del vestuario y los ademanes. El siglo XX, con la fotografía y el cine, les ha educado en una nueva visión del mundo que no es exclusivamente textual. Ahora demandan y consultan recursos multimedia, donde imágenes y audiovisuales son el complemento perfecto de la información escrita (incluso existen revistas electrónicas únicamente en formato vídeo). Y se forman cada vez más mediante sistemas de aprendizaje remoto (e-learning) y no mediante sistemas presenciales (donde están obligados a acudir a un lugar en una hora determinada, lo que no siempre resulta fácil en este mundo de locos).

También nuestros usuarios han perdido su proverbial timidez (cuando antaño se acercaban cautos al mostrador de la biblioteca y encontraban tras él a una profesional con serio semblante, según rezaban los tópicos hoy ya superados) y son cada día más extrovertidos, lo que les lleva a participar activamente en un sinfín de herramientas web 2.0 (Facebook, Linkedin, Pinterest, Flickr, Youtube, Twitter… Y me dejo mil quinientas más en el tintero). Herramientas web 2.0 y retos que han sido adoptados por los mejores recursos de información en Internet y hoy no hay casi revista electrónica, página web o base de datos que se precien que no incorporen entre sus servicios diferentes posibilidades de crear alertas con RSS o participar en sus redes sociales.

Y, por supuesto, nuestros usuarios saben perfectamente lo que quieren (otra cosa es que no lo sepan localizar). Quieren un acceso inmediato a los recursos, pero a los mejores recursos (los más citados, los de mejor calidad, los de mayor evidencia, los de máxima divulgación, los de gran factor de impacto). Y lo quieren de la manera más fácil y sencilla, sin grandes formularios de consulta ni necesidad de elaborar estrategias de búsquedas complejas y barrocas (para eso estamos nosotros). Quieren soluciones a sus múltiples necesidades: recursos de síntesis para sus consultas asistenciales (ClinicalKeyUpToDate), artículos científicos recientemente publicados para sus investigaciones y publicaciones futuras (New EnglandLancetMedicina Clínica…), manuales clásicos para recordar o asentar sus conocimientos (Harrison y familia), bases de datos en las que bucear en busca de esa información preciosa como el unicornio (PubMedEmbaseWOKLilacsIBECS…) y herramientas que les permitan gestionar y guardar los tesoros bibliográficos encontrados (ZoteroMendeleyCiteulike…) para poder prescindir, de una vez por todas, de esos cientos de carpetas y folios fotocopiados que se van acumulando, como en estratos arqueológicos, encima de las mesas y en los rincones.

Unos usuarios con las mismas caras, las mismas batas, las mismas sonrisas cada día, pero con diferentes necesidades, de lunes a viernes, según tengan que atender su consulta, resolver una duda, escribir un artículo, asesorar en una tesis o elaborar un informe técnico. Y allí debe estar la información preparada para su asalto, consumo y deglución por el usuario experto. Una información que precisamente, porque está dispersa en la Red de las Redes, ya no está sólo en los libros de texto o en las revistas científicas, y por ello las bibliotecas de salud y los responsables de las mismas, sus profesionales bibliotecarios, tienen infinitas posibilidades para seguir haciendo lo que siempre han hecho: acercar la información a sus usuarios; asesorando sobre la existencia de nuevos recursos y nuevas formas de acceso; formando sobre nuevos y viejos recursos con nuevas funcionalidades; ayudando en la búsqueda de información;  participando en equipos de investigación multidisciplinares como gestores de la información; recopilando las producciones científicas de los centros; participando en la divulgación de los resultados de las investigaciones de sus usuarios; valorando, seleccionando y recopilando recursos con los que alimentar las bibliotecas virtuales; generando tutoriales docentes con los que fomentar y guiar en el uso de recursos; constituyendo elementos esenciales de futuras unidades clínicas de la información; y generando nuevos recursos bibliográficos mediante agregadores con los cuales seguir consultando y consultando…

Pues, aunque no lo parezca, detrás de PubMed, detrás de IBECS, detrás de Scielo, detrás de Embasese encuentran profesionales documentalistas y profesionales bibliotecarios gestionando y procesando cuanta información nuestros usuarios y nosotros mismos necesitamos cada día. Insisto. ¿Sobramos las bibliotecas?

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