Mitos y verdades sobre la relación entre psicología y cáncer

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El cáncer es el gran Goliath invisible del siglo XXI. Seguro que conoces a alguien que lo ha padecido o que lo padece. Por desgracia, toquemos madera, la estadística dice que al menos alguno de tus seres queridos o incluso tú mismo deberéis enfrentarlo. De hecho, hace pocos días nos levantábamos con demoledoras estadísticas: en España, «el cáncer crece más de lo previsto y supera en 2015 los casos estimados para 2020. Uno de cada dos hombres y una de cada tres mujeres tendrá cáncer a lo largo de su vida». Es la primera causa de muerte en la vejez; es una enfermedad que aparece cada vez con más frecuencia, como una carcajada irónica, debido a nuestro afán por vivir más tiempo.

Pero ese afán es fuerte y nos impulsa a hallar soluciones desde muchos frentes diferentes. Uno de estos frentes es la Psicología. Desde que se ha vuelto comúnmente aceptado el hecho de que la mente brota de un órgano, el cerebro, y que ese órgano está integrado en el complejo sistema que es el cuerpo humano, muchos son los que han tratado de encontrar una relación entre el estado mental, la experienca subjetiva y el cáncer para comprobar si desde esta perspectiva pueden encontrarse medidas que ayuden al tratamiento y mejoren la supervivencia de este grupo de pacientes, o incluso que ayuden a prevenirlo. Así, no es infrecuente toparnos con personas que aseguran que el buen humor ayuda a sanar el cáncer o que, incluso, ciertas actitudes lo producen.

¿Qué hay de mito y realidad en todo esto? ¿Cómo puede la psicología relacionarse con una enfermedad «tan física» como el cáncer? Vamos a revisar lo que dice la literatura científica al respecto:

Personalidad y cáncer

Desde que el reputado psicólogo especializado en el estudio de la personalidad Hans Eysenck emprendiera uno de los primeros experimentos que trataron de establecer una relación entre los diferentes tipos de personalidad y riesgo de cáncer, muchos son los que han tratado de averiguar si ser extravertido, introvertido o manifestar ciertos rasgos individuales te hace más o menos propenso a padecer esta trágica enfermedad. La evidencia, hasta la fecha, es confusa; aglutinándose un enjambre de estudios que cada cual arroja pistas en un sentido u otro.

Uno de los experimentos más sólidos realizados a este respecto fue hecho público en 2010. Los investigadores habían tomado como muestra a más de 59.000 personas a las que siguieron durante aproximadamente 30 años para estudiar la relación entre rasgos de personalidad y cáncer. Sus conclusiones fueron negativas: no lograron encontrar relación sólida alguna entre manifestar ciertos rasgos de personalidad (se centraron en extraversión y neuroticismo) y un riesgo incrementado o disminuído de cáncer.

Estrés y cáncer

La inmunodepresión está relacionada con un aumento en el riesgo de padecer ciertos tipos de cáncer. El estrés mantenido a largo plazo se relaciona con un estado de inmunodepresión y con otros procesos relativos a la carcinogénesis. Siguiendo estas premisas, ¿se ha logrado cazar una relación real entre estrés y cáncer «en el laboratorio»? Así es. Estudios clínicos indican que el estrés, la depresión crónica, la falta de apoyos sociales y otros factores psicológicos pueden influir en el inicio y progreso de la enfermedad. Este salto del plano de la salud mental al plano de la salud física es explicado debido a la relación entre estados subjetivos y el funcionamiento del eje Hipotálamo-Hipofisiario-Adrenal.

Estado de ánimo positivo y supervivencia

Se ha vuelto popular la idea de que si los pacientes con cáncer mantienen un estado de ánimo positivo, su probabilidad de sobrevivir a la enfermedad aumenta. Esta creencia, que a veces ejerce una presión invisible en los enfermos y sus familiares hacia una necesidad artificial de estar contentos y animados (que, por cierto, puede interferir con un beneficioso proceso de aceptación de la enfermedad), carece de fundamento científico sólido. Es verdad que el estrés y otros factores psicosociales negativos, como hemos visto, sí se relacionan con una inmunorespuesta diferente, pero, lamentablemente, no podemos decir lo mismo con la misma seguridad sobre el estado de ánimo positivo.

Aunque la idea de que el buen humor pueda ayudar a los pacientes es bonita, algunos autores se refieren a ello como «la tiranía del pensamiento positivo». No se puede negar que un buen estado de ánimo es preferible y deseable para cualquiera que esté en el peor de los tragos, pero presionar al paciente para que trate de «estar mejor» sea como sea en una situación que le confronta directamente con la muerte y su existencia puede incluso ser contraindicado: podrían caer en la idea de que están enfermos por no ser capaces de ser felices y culparse por ello.

Terapia psicológica y cáncer

El cáncer no sólo afecta al cuerpo del paciente sino también a su vida emocional, por ello, muchos recurren a terapia psicológica para pasar por el proceso. Algunos estudios sugieren que esto podría tener un impacto positivo en la tasa de supervivencia. Por ejemplo, un estudio publicado en The Lancet realizado con mujeres que padecían cáncer de mama reportó una supervivencia de hasta 18 meses mayor en las pacientes que asistieron a un programa de apoyo psicológico que constaba, entre otros componentes, de discusiones en grupo acerca de la enfermedad, técnicas para el manejo del dolor derivado de la quimio y radioterapia y de apoyo social. No obstante, otros investigadores han criticado los estudios que soportan esta relación positiva entre psicoterapia y supervivencia y aseguran que la evidencia no es suficiente como para que esta práctica deba ser considerada parte necesaria del tratamiento.

Otro motivo para recurrir a la terapia psicológica puede no ser el de que ésta incremente la supervivencia del paciente sino el de que, simplemente, le ayude a pasar mejor por el proceso.Algunas terapias se han señalado como beneficiosas en este sentido, como la terapia basada en mindfullness, cuya aplicación a pacientes de cáncer de mama ayudó a que mejorase su estado de ansiedad y depresión.

Revisando todo lo dicho, brota una conclusión: la Psicología puede aportar su granito de arena para ayudar en esta lucha contra este gigante invisible y agresivo, pero no hay que perder la sensatez. El cáncer es una enfermedad seria y grave que afecta al estado de salud físico y mental de las personas. No es beneficioso crear falsas esperanzas a los pacientes y extender a la ligera ideas que relativizan esta gravedad debido a que ello puede tener efectos contraproducentes como una menor adherencia al tratamiento derivada de una ilusión de invulnerabilidad. Los pacientes deben tratarse como recomienda la ciencia médica. No deben perderse en la bella pero falsa idea de que ellos mismos pueden curarse simplemente siendo felices. Tampoco deben caer en la creencia de que ellos mismos son culpables de su enfermedad. Solamente haciendo uso de todas las herramientas de que disponemos con sentido común, farmacológicas, psicológicas, preventivas, etc. lograremos darle la última estocada a este maldito cáncer.

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