"¿En qué idioma publico mi artículo?" La (incuestionable) hegemonía del inglés

Blog_960x436_hegemonia-del-ingles_B.jpg

Las estadísticas no dejan lugar a dudas: más del 52% de la producción científica mundial se hace en inglés (frente a un casi “anecdótico” 2% de las publicaciones en español). En el caso concreto de las Ciencias de la Salud, según los datos de PubMed, el 92,1% de los artículos están escritos en lengua inglesa (como dato comparativo, en esta base de datos el español figura en cuarto lugar como idioma de difusión).

Aunque tal y como refleja el último informe del Instituto Cervantes la presencia del español en las publicaciones científicas se ha mantenido “al alza” desde 1996, y es especialmente “relevante”, según este organismo, en disciplinas de carácter experimental en el ámbito de la salud, lo cierto es que es que en campos como la biomedicina o las ciencias puras, el inglés no sólo es predominante sino que se ha convertido en un elemento fundamental para poder valorar las publicaciones.

Esta supremacía, que en cierta medida es heredera de la que tuvo en su día el latín en cuanto a la difusión del conocimiento, está universalmente aceptada y sus defensores ponen el foco en las múltiples ventajas que, sin duda, aporta a la divulgación científica, entre las que destaca, sobre todas las demás, un aumento de la visibilidad, reflejada principalmente en un mayor número de citas y en el factor de impacto.

“El inglés se usa actualmente como el lenguaje de la ciencia de forma prácticamente exclusiva. Esta adopción de un idioma universal o lengua franca ha tenido un efecto extraordinario en la comunicación científica, permitiendo a los investigadores de todo el mundo tener acceso a la vasta producción de artículos y haciendo posible la comunicación entre científicos en cualquier país”, exponen los expertos en Biología Molecular David G. Drubin y Douglas R. Kellogg,  en su artículo “English as the universal language of science: opportunities and challenges, publicado en la revista Molecular Biology of the Cell (MBoC).

Contenidos en otros idiomas = menos citas = menos impacto

Desde una perspectiva más práctica, el inglés es una condición clave para indexar el artículo en las bases de datos internacionales, “garantes” infalibles de una mayor visibilidad e impacto. Las agencias de evaluación, por su parte, miden la carrera profesional del científico en función de estos indicadores, por lo que el idioma (concretamente, el inglés) como medio de difusión tiene un impacto determinante en el currículo.

De todas estas “interconexiones” se deduce que, sin duda, comunicar la ciencia en un idioma comprensible para la mayoría de los miembros de la comunidad aumenta exponencialmente la probabilidad de ser citada. Y al contrario, el uso de lenguas distintas a la inglesa reduce el número de citaciones. Así lo demostraron los resultados de un estudio realizado por los investigadores argentinos Mario de Bitetti y Julián Ferreras, publicado en la revista sueca Ambio y dirigido a analizar las diferencias en cuanto a las tasas de citación de artículos escritos en inglés y los que se publicaban en otras lenguas.

Los autores analizaron un total de 1.328 artículos procedentes de 6 revistas: dos argentinas, una mexicana, una revista francesa, otra de Japón y otra de Corea del Sur, todas ellas con factor de impacto similares como SJT e Índice H. Seleccionaron los artículos de forma que compusieron una muestra similar de publicaciones en inglés y en el idioma nacional de los países que las editan. Del total de artículos, 728 (54,8%) se publicaron en inglés y, de estos, alrededor de 34% no recibieron ninguna citación, mientras que el 46,3% de los artículos en otros idiomas no fueron citados. Esta diferencia se mantuvo también al analizar sólo las tres revistas publicadas en español. Los autores llegaron a la conclusión de que las revistas de los países de LNNI (lengua nativa no inglesa) son claramente “penalizadas” en términos de citación.

En clara desventaja frente a los evaluadores

Esta evidencia se relaciona a su vez con la percepción generalizada en el ámbito científico y editorial de que los artículos en lengua no inglesa se refieren a estudios de interés más local o poca relevancia.

“Se ha generalizado la creencia de que un artículo en inglés es, por el mero hecho de estar escrito en esta lengua, de mayor calidad de otro publicado en español o cualquier otro idioma. De hecho, en muchos países, el método de valoración de un trabajo, determinante para la obtención de apoyo económico o para el ascenso profesional de sus autores, está en relación no tanto con la propia calidad del trabajo sino con factores externos asociados a la revista en la que se ha publicado, que dependen en gran medida de la lengua de publicación y favorecen siempre, sin excepción, a los trabajos publicados en inglés”, señaló el doctor Fernando Navarro, traductor médico y autor del libro “Medicina en Español III” durante la presentación del mismo en el contexto de una de las numerosas reuniones que la iniciativa MEDES-MEDicina en Español, promovida por la Fundación Lilly, realiza con el objetivo de mejorar las herramientas del lenguaje médico-científico en nuestro idioma.

Esta situación supone a la vez un reto y una desventaja para los autores en lengua no inglesa, para quienes escribir manuscritos, preparar presentaciones orales o, simplemente, comunicarse directamente con sus colegas extranjeros les resulta mucho más complicado que a los nativos del idioma de Shakespeare. “A ello hay que unir que en no pocas ocasiones, los revisores del manuscrito se centran en criticar el nivel de inglés del autor, en vez de ir más allá y evaluar los resultados científicos y la lógica estructural del manuscrito”, comentan Drubin y Kellogg en su artículo.

Si no puedes con el "enemigo"...

Así las cosas, todo apunta a que el inglés seguirá siendo el idioma “obligatorio” para publicar los artículos científicos durante mucho tiempo, una evidencia contra la que parece que poco se puede hacer pero que sí pone sobre la mesa la necesidad de introducir algunos reajustes que acaben o, al menos, minimicen la desventaja en la que se encuentras los investigadores de LNNI. Y, de hecho, cada vez son más las voces que abogan por esta idea de “hegemonía sí, pero con matices”. Una de las más destacadas es la de Michael Gordin, experto en Historia de la Ciencia y profesor de Historia en la Universidad de Princeton (EEUU), para quien la solución pasa por conseguir relajar el “purismo lingüístico” y que tanto las editoriales como los revisores permitan un inglés no tan formal y preciso en los artículos, un planteamiento que coincide con el de Drubin y Kellogg, quienes ofrecen una serie de pautas para escribir y evaluar manuscritos en el contexto de la comunidad internacional de científicos:

-“Rendirse” a lo obvio (y prepararse para ello). Para los expertos, todo investigador de habla no inglesa debe tener en cuenta y no obviar que el manejo del inglés es una condición necesaria para participar en la comunidad científica internacional. En esta misma línea, De Bitetti y Ferreras aluden en las conclusiones de su estudio a la necesidad de formar a los estudiantes de grado y posgrado en las habilidades que les permitan comprender y escribir –bien- en inglés como base de su actividad científica posterior.

-Atreverse… a pesar de no ser bilingüe. Los autores de lengua no nativa inglesa deben animarse a escribir sus trabajos en este idioma, a pesar de los errores de gramática y sintaxis, asegurándose eso sí de que el contenido sea claro y esté expresado de forma lógica, sencilla y concisa. En este sentido, Cristina González Copeiro del Villar, directora del Departamento de Gestión de la Información Científica de la Fundación Española para la Ciencia y Tecnología (FECYT), señaló durante su participación en la IX Jornada MEDES que “independientemente del idioma de publicación, es necesario que al menos los metadatos del artículo, el título, los resúmenes y las palabras clave estén en inglés”.

-Pedir ayuda profesional. Tanto Drubin y Kellogg como la mayoría de los expertos en el tema aconsejan a los autores recurrir a la ayuda de traductores, expertos en lengua inglesa o servicios de edición profesional para preparar los manuscritos en este idioma, subsanando así los posibles errores gramaticales y asegurándose de que el contenido se entiende, más allá de la barrera del idioma.

-Revisores, no “lingüistas puristas”. “Si hay errores de idioma, los revisores y editores deben ofrecer una crítica constructiva, en vez de rechazar o criticar duramente los errores gramaticales de los hablantes de lengua no inglesa. En este sentido, todos los implicados en el proceso de publicación deben tener en cuenta que la inmensa mayoría de las revistas cuentan con editores cuyo trabajo es corregir cualquier error persistente en la gramática o sintaxis (independientemente de la lengua nativa del autor) antes de la publicación final del artículo”, afirman David G. Drubin y Douglas R. Kellogg.

Share
Tweet
Share
Share