Ensayos clínicos: por qué siguen siendo unos grandes desconocidos para la población

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Quienes acuden habitualmente a congresos, foros y demás encuentros de temática médica y/o científica saben que es recurrente tanto la alusión al papel relevante que tienen los ensayos clínicos como el llamamiento a la población para que se anime a participar en estas investigaciones. Esta insistencia no es fortuita, teniendo en cuenta que la inmensa mayoría (8 de cada 10) de los fármacos y terapias que están disponibles en la actualidad son resultado directo de estos estudios.

Y sin embargo, tanto la importancia de los ensayos clínicos como el papel que juegan los distintos actores implicados en su puesta en marcha siguen siendo aspectos desconocidos o respecto a lo que existen ideas equivocadas entre la población. De hecho, una de las quejas más frecuentes por parte de los responsables de estas investigaciones es la dificultad que existe para hacer llegar a los pacientes y a la sociedad en general el valor de la colaboración que hace posible estos ensayos y las posibilidades terapéuticas que se abren con ellos.

El efecto visibilizador de la covid

Ha tenido que irrumpir la COVID-19 en nuestra realidad para sacar a la luz la relevancia de este tipo de investigación. En efecto, a muchos sorprendió el dato arrojado por la OMS el pasado mes de mayo y que situaba a España como cuarto país en el mundo y el primero de Europa con más estudios en marcha relacionados con el SARS-CoV-2. Esta evidencia sirvió para dar visibilidad a una intensa labor que desde los hospitales y centros médicos, con la promoción de la industria y la participación activa de investigadores y profesionales sanitarios, se realiza desde hace tiempo en un amplio abanico de áreas terapéuticas y que la mayoría de las veces se materializa en la obtención de nuevos fármacos o vacunas para patologías tan prevalentes como el cáncer. Es precisamente la oncología, junto a la hematología y las enfermedades del aparato respiratorio, una de las áreas que habitualmente acumula mayor volumen de ensayos clínicos.

“La realidad es que la población general no conoce el trabajo que hay detrás de un ensayo clínico, el personal que implica y, sobre todo, el coste y el tiempo que supone la obtención de una autorización de comercialización de cualquier fármaco, sea cual sea su indicación”, comentó el Dr. Enrique Grande, jefe del Servicio de Oncología Médica e Investigación Clínica de MD Anderson Cancer Center Madrid, en declaraciones realizadas con motivo del Día Internacional del Ensayo Clínico (20 de mayo).

Básicamente, un ensayo clínico es una investigación experimental y programada de un medicamento que se realiza en seres humanos (tras confirmarse su eficacia en modelos animales) con el objetivo describir o comprobar su efecto en una determinada enfermedad y evaluar su eficacia y seguridad. Además, cuando se compara un medicamento experimental con un fármaco ya aprobado y utilizado en la práctica habitual, el ensayo permite conocer si la molécula bajo investigación ofrece más beneficios respecto a la terapia ya existente.

Señas de identidad de un proceso en cuatro fases

Su puesta en marcha está regida por un protocolo muy estricto que incluye el diseño del estudio (elaboración de un protocolo que describe todo el proceso), la aprobación por parte de los organismos oficiales, autoridades sanitarias y comité ético, además de la evaluación de un comité de investigadores; el reclutamiento de pacientes; la realización del estudio en sí mismo y, finalmente, el análisis de los resultados para su posterior comunicación a la comunidad científica.

Desde que se plasma la idea iniciar un ensayo clínico hasta que el fármaco o terapia está a disposición de los pacientes suelen transcurrir una media de 8-10 años a lo largo de los cuales se desarrollan cuatro fases explicadas de forma muy gráfica en los apartados específicos que la Universidad de Navarra y la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM) ofrecen en sus sitio web para informar sobre las peculiaridades de estos estudios:

  • Fase I: El estudio se realiza sobre voluntarios sanos (personas con buen estado de salud que no tienen la enfermedad para la que se prueba el medicamento). La investigación se centra en la seguridad del fármaco en humanos. En el caso de los enfermos de cáncer, esta fase se desarrolla en pequeños grupos de pacientes y distintos tipos de tumor.
  • Fase II: Se administra el nuevo fármaco a un número limitado de pacientes (principal diferencia con la fase I) de la enfermedad que se trata de combatir, por un corto periodo de tiempo y con el objetivo de obtener información preliminar sobre su seguridad y beneficios respecto al tratamiento o prevención de esa patología. En pacientes oncológicos, en esta fase el número de participantes es mayor, pero sólo con el mismo tipo de cáncer.
  • Fase III: El grupo de pacientes a los que se administra el fármaco en estudio es más amplio. Es la fase en la que se confirman los beneficios terapéuticos y la seguridad del nuevo fármaco (o combinación de fármacos). Completar esta fase supone que el promotor/es puede demostrar que el medicamento es seguro y efectivo en determinadas condiciones, de forma que está listo para que la administración apruebe su salida al mercado.
  • Fase IV: Se lleva a cabo una vez que el medicamento está ya comercializado. Los objetivos son ahora evaluar su efectividad en una población más amplia, medir los efectos a largo plazo o estudiar nuevas indicaciones.

“Más de un tercio (el 36%) de los ensayos clínicos puestos en marcha en España están en las fases iniciales de investigación, las cuales son las más complejas pero también resultan clave, ya que son necesarias para poder probar moléculas potencialmente efectivas. Estas fases son aún más importantes en áreas terapéuticas como la oncología”, explicó al respecto Enrique Grande.

Trabajo en equipo: cuando las sinergias son “curativas”

La intervención de la industria farmacéutica se considera el “motor” necesario para poner en marcha los ensayos clínicos, pero en el desarrollo de estas investigaciones intervienen otros actores –administración, comités éticos, investigadores, responsables de los departamentos o servicios donde se lleva a cabo la investigación y, por supuesto, los pacientes- que deben actuar de forma coordinada, sin perder de vista el resultado final. Por suerte, los principales sectores implicados son cada vez más conscientes de la necesidad de potenciar y afianzar estas sinergias, tanto para conseguir sacar al mercado nuevas moléculas como para poner de relieve la importancia y necesidad de una mayor inversión en la investigación médica.

En lo que respecta a las empresas farmacéuticas, las cifras más recientes apuntan a que alrededor del 60% de su inversión en I+D se destina a ensayos clínicos. En España, y según datos de Farmaindustria, (correspondientes a 2019), esta industria invirtió 259 millones de euros en contratos con organizaciones y profesionales sanitarios para desarrollar proyectos de investigación en el ámbito biomédico.

Esta apuesta por la investigación se ha hecho aún más visible durante la pandemia, como comentábamos antes: según se recoge en el informe “Sanidad Privada, Aportando Valor, Especial COVID-19” de la Fundación IDIS, el sector farmacéutico está inmerso actualmente en una intensa búsqueda de un tratamiento eficaz o una vacuna, reflejo de lo cual son los más de 100 ensayos clínicos en el área de vacunas frente al SARS-CoV-2 (que se están desarrollando en 162 hospitales españoles) y 130 en el ámbito farmacológico frente a este virus. En este sentido, hay que tener en cuenta que el contexto de excepcionalidad está acelerando las etapas preclínicas y clínicas.

En el caso de la administración, y aunque en muchas ocasiones se le suele demandar una mayor agilidad en los procedimientos regulatorios, hay datos para la esperanza, según se desprende del hecho de que en 2019, la AEMPS (Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios) autorizó 629 ensayos de laboratorios promotores sobre un total de 800. Tanto para hacerse una idea de la actividad en este ámbito como para conocer más a fondo en qué áreas o patologías se están realizando, basta con consultar el Registro Español de Estudios Clínicos (REec), una base de datos pública que contiene información de todos los ensayos clínicos llevados a cabo en España desde enero de 2013 y que actualmente cuenta con 6.031 trabajos publicados.

Para los profesionales sanitarios y los centros que participan en estas investigaciones, esta experiencia les permite tener acceso a la actualización de conocimientos sobre nuevos medicamentos y los sitúa en la vanguardia de la innovación y la investigación biomédica. Respecto a esto, y refiriéndose al ámbito concreto los pacientes con cáncer, el doctor Enrique Grande comentó que “un indicador de calidad de los centros oncológicos es contar con unidades de investigación básica y clínica que estén al día de los futuros tratamientos y puedan adelantarse a posibles cambios de protocolos dentro de ensayos clínicos”.

La participación de los pacientes: una asignatura pendiente

El desconocimiento que aún existe en torno a los ensayos clínicos justifica en gran medida la reticencia de los voluntarios sanos y de los pacientes a participar en ellos. El miedo a ser una especie de "conejillos de Indias” o a los posibles efectos secundarios son los principales argumentos que explican que en muchos casos el nivel de reclutamiento no sea el deseado. Por eso, es importante hacer hincapié tanto en las circunstancias en las que se produce esta participación como en las enormes oportunidades que ésta abre para un grupo numeroso de pacientes. Tal y como manifestó Enrique Grande refiriéndose a los enfermos oncológicos, “la posibilidad de ensayar un tratamiento experimental en estos pacientes significa ofrecerles una posibilidad terapéutica más, y de ahí la importancia vital de apostar firmemente por estos estudios”. A esto hay que unir que con frecuencia algunos medicamentos o tratamientos médicos no están disponibles salvo para su uso dentro de un ensayo clínico. Asimismo, en no pocas ocasiones estos estudios suponen la oportunidad de una nueva línea terapéutica para pacientes que ya han agotado todos los tratamientos estándar.

Respecto a los requisitos necesarios para formar parte de un ensayo clínico, éstas son las principales cuestiones a tener en cuenta (y que son, precisamente, la que generan más dudas o confusión):

  • La participación es totalmente voluntaria, pero no todas las personas son finalmente admitidas en el ensayo, sino sólo aquellas que reúnen una serie de condiciones determinadas y definidas en un protocolo validado por los médicos investigadores.
  • Los participantes deben otorgar su conformidad por escrito (consentimiento informado).
  • La voluntariedad de la participación implica que hay libertad para abandonar el ensayo en cualquier momento, sin que ello derive en ningún perjuicio ni se vea afectada la atención médica del participante.
  • En determinadas fases del estudio puede ser necesario tener que acudir con mayor frecuencia a las visitas de control o someterse a un mayor número de analíticas o pruebas de imagen.

Finalmente, y desde la perspectiva de los pacientes que optan por participar en estas investigaciones, las palabras de Inmaculada Escriche, de la Asociación Española de Afectados de Cáncer de Pulmón (AECAP), durante su intervención en un foro organizado por MSD en el último Día Internacional del Ensayo Clínico, reflejan la actitud que subyace a esta decisión: “Cuando se sufre una enfermedad, supone una gran oportunidad tener la posibilidad de participar en un ensayo clínico y así aportar a la ciencia. Mientras estoy en el ensayo, quizás los resultados a mí no me sirvan, pero puede que mi enfermedad sí resulte útil para poder obtener datos para estudios, de forma que a otros pacientes los resultados sí que les permitan curarse”.

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