Bioterrorismo Capítulo 1. La historia de 3.000 años de muerte programada

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Año 2001. Mañana del dos de octubre. Robert Steven entra confuso y con fiebre en Urgencias del Centro Médico J.K.K. en Florida. Editor fotográfico del diario Sun de Miami, es la primera víctima de un ataque bioterrorista que sacude a los EE.UU. apenas semanas después del atentado del World Trade Center y el Pentágono, el 11 de septiembre. Esta ofensiva se inició el 18 de septiembre y empleó el correo postal del país para distribuir esporas de ántrax a varias oficinas de medios de comunicación, sedes gubernamentales y hogares. El senador Daschle fue uno de los objetivos. En el suceso, 22 personas resultaron infectadas, de las cuáles cinco fallecieron. En una de las cartas versaba: …“Alá es grande”…

Más de 3.000 años de bioterrorismo

El altercado marcó un antes y un después en la visión global del bioterrorismo. Pero, ¿qué es exactamente el bioterrorismo y qué podríamos considerar como tal? Esto es, la amenaza y/o liberación intencionada de virus, bacterias y/o toxinas por parte de un individuo o un grupo por motivos religiosos, ecológicos, ideológicos y/o políticos mediante un determinado medio con el fin de dañar, incapacitar y/o matar a una persona o, más comúnmente, a una población o grupo concreto, así como a plantas y/o animales.

El estudio de esta parte de la historia es complejo y lleno de polémica, principalmente debido a la falta de evidencia científica de intenciones terroristas en ciertos eventos y la posible manipulación por motivos políticos de documentos históricos que luego podrían malinterpretarse. Aun así, las anécdotas e historias sobre ciertos hechos son verídicas y ahora intentaremos arrojar un poco de luz sobre esta convulsa zona de la línea del tiempo.

En el mismo seno de la historia bíblica, en el Génesis, se cree que una de las sietes plagas enviadas por Dios fue en realidad una epidemia de carbunco, que diezmó a la población y acabó con buena parte del ganado. Ya desde hace dos mil años, los guerreros e individuos entregados a la batalla, tales como los griegos, persas y romanos, sabían que arrojando un cadáver al suministro de agua del enemigo se le podía incapacitar seriamente. Barbarroja realizó esto en 1155 en Tortona (Italia). De hecho, 14 siglos antes de Cristo, los hititas, pueblo que habitó Anatolia Central entre los siglos XVII y XII a.C., ya enviaban carneros infectados (posiblemente con tularemia) a sus enemigos para debilitarlos. Así mismo, los asirios contaminaban los pozos del enemigo usando el cornezuelo (Claviceps purpurea), un hongo que afecta sobre todo al centeno, entre otras plantas. La patología que desecadena la infección por este hongo y/o la consumición de las micotoxinas (ergostismo) que produce, se denominaría más tarde “fiebre de San Antonio” o “fuego del infierno”, debido a que comenzaba con alucinaciones, convulsiones y un frío repentino intenso en las extremidades que se tornaba quemazón para finalmente desembocar en una gangrena mutilante. Esto era provocado por la ergotamina del hongo, de la cuál se deriva el ácido lisérgico, que produce intensa vasoconstricción. Una tablilla asiria de arcilla del 600 a.C. se refiere a ello como “pústula nociva de la espiga del grano”. En el siglo IV a.C. y de acuerdo a Heródoto, los escitas hundían la punta de sus flechas en cadáveres en descomposición, obteniendo una mezcla letal que bien podía contener Clostridium perfringens y Clostridium tetani, al cuál se añadiría veneno de serpiente; en el siglo III a.C. el  temible comandante cartaginés Aníbal, prendía fuego a la flota enemiga (como al rey Eumenes II de Pergamon) con vasijas incendiarias llenas de serpientes venenosas. El asedio de los mongoles a la antaña ciudad de Cafa (ahora Feodosia), en Ucrania/Crimea, un asentamiento genovés, consituye uno de los episodios más rocambolescos de la inventiva bélica. En 1346, el susodicho ejército oriental atacante sufría una epidemia de peste bubónica. De ello sacaron partido catapultando los cadáveres de los enfermos al interior de la ciudad. Cuando los barcos genoveses huyeron al Mediterráneo y sus respectivos puertos, cargados de sus soldados, ratas y pulgas, iniciaría la infinitamente inmortalizada en cuadros y películas, pandemia que diezmó un tercio de la población europea, más de 25 millones de vidas: la Peste Negra.

La entonces llamada “muerte negra” o Gran Pestilencia, pasando por una catastrófica diversidad de patógenos hasta llegar a la actualidad, como la pandemia desencadenada por el virus de la influenza aviar A (H5N1) con su primer caso en humanos en Hong Kong (1997), constituyen una historia que ha inspirado desde la saga cinematográfica y de videojuegos Resident Evil, hasta novelas como Inferno de Dan Brown, pasando por innumerables obras pictóricas, como en ‘El Triunfo de la Muerte’, de Pieter Brueghel el Viejo (imagen).

La conquista de América

Aunque la Yersinia pestis siempre ha sido motivo de terror, en los siglos siguientes, especialmente a partir del XV, la viruela se convirtió en el armamento biológico más efectivo, si empleado intencionalmente, y más conocido en la guerra occidental e historia colonial. Introducida por los europeos en el continente americano, fue empleada varias veces contra los nativos americanos durante la denominada “Conquista del Oeste”. Entre 1754-67 el Ejército británico distribuyó mantas infectadas con viruela que acabaron con hasta el 50% de las tribus. El capitán británico Ecuyer ofreció a los indoamericanos en signo de aprecio mantas infectadas provenientes de un hospital de tratamiento de la viruela. En su diario anotó: … “espero tenga el efecto deseado”… Su intento resultó frustrado ya que los indígenas llevaban en contacto con la enfermedad desde hace más de 200 años, cuando Pizarro inició la conquista de Sudamérica en el siglo XVI.

La historia nos cuenta que cuando los españoles llegaron a México en 1519, la población nativa rondaba los 25 millones de habitantes y para un siglo después se encontraba cerca del millón. Recientes estudios indican que pudo deberse a una especie de Salmonella. Las peores epidemias aztecas eran conocidas como “cocoliztli”, que significa “pestilencia”. La más devastadora de ellas sucedió de 1545 a 1550, el 80% de la población falleció. Los nativos americanos la llamaban “la Gran Mortandad o asesina” y se propagó rápidamente desde el imperio azteca en México hasta el imperio inca en Perú por la cuenca del Amazonas. Durante el asedio de Quebec, las tropas del general George Washington sufrieron numerosas bajas debidas a la viruela. Los Yoruba en África se encomendaban a Sopona, dios de la viruela, para protegerse de la misma. Los científicos creen la misma pudo originarse en Oriente Medio hace 6000-10.000 años o en África hace 3000 años. En 1997 fue acorralada en el cuerno de África, en Somalia, donde encontró su último anfitrión siendo declarada como erradicada por la O.M.S. en 1980. La viruela segó la vida de aproximadamente 300 millones en el siglo XX antes de ser erradicada. Hoy sólo existen dos laboratorios que contienen viruela, con fines de investigación: el C.D.C. en los EE.UU. y el Centro Estatal Ruso de Investigación en Virología y Biotecnología en Rusia. Por ello se teme que un fallo en la seguridad pudiera dejar libre a la enfermedad de nuevo.

Autor: Arturo Sánchez Chillón

El próximo mes de febrero os contaremos en el segundo capítulo de esta serie el papel que jugó Louis Pasteur en consolidar esta nueva forma de guerra y os presentaremos los distintos agentes bioterroristas.